Paterson. Una película poética.

Vamos disminuyendo nuestras exigencias y un día nos damos cuenta de que el jamón del país ya no nos gusta. El ejemplo es válido para lo que ocurre con las llamadas series. Según la RAE, una serie es un conjunto de cosas que se suceden unas a otras y que están relacionadas entre sí. Cuando hay que referirse a una obra que se difunde en emisiones sucesivas —la acepción que me interesa para esta reflexión— la RAE utiliza el término serial, palabra más ajustada a lo que conocemos actualmente bajo el nombre de serie. Los seriales se emitían en la radio y la televisión incipientes, generalmente en forma de radionovela, en el primer caso, y de capítulos semanales en el segundo. Y es que las propuestas de las plataformas son eso, un serial. Hay quien no va al cine a ver una película que dure más de dos horas aduciendo que una historia no necesita más tiempo para ser contada. Pues bien, escojamos cualquier serie de dos temporadas y hagamos el siguiente cálculo: duración de cada capítulo (45 m) * capítulos por temporada (8 de media) * temporadas (2) / 60 m = doce horas. Y aquí, no hay quejas: doce horas para explicar una historia cuyo final queda abierto, salvo excepciones, a posibles nuevas temporadas. En consecuencia, no habiendo sido nunca demasiado amante de lo que conocemos como series, ahora he decidido ser célibe, serialmente hablando, lo que equivale a dejar el jamón del país y volver a degustar el de jabugo. Una decisión de boomer, por supuesto.

Mi jabugo es en la actualidad una serie fantástica: la de las películas del director Jim Jarmusch —la mayoría se pueden ver en la plataforma Filmin—. Profundizar en la obra de un maestro del cine permite conocer algo mejor sus fundamentos, lo que equivale a ver lecturas paralelas que, necesariamente, desembocan en una mejor comprensión de sus creaciones.

La infancia temprana es una etapa determinante para la formación de la personalidad de una persona. «Dadme un niño de siete años y os mostraré al hombre», es una frase atribuida a Aristóteles, a San Ignacio de Loyola y por extensión a los jesuitas. Jarmusch pasó muchas mañanas de su infancia en un cine local viendo funciones dobles matinales,  mientras su madre, escritora de críticas de cine y teatro, se ocupaba de sus asuntos. Algo parecido a lo que le ocurrió a Tarantino, al que su padrastro llevaba al cine a los siete años a ver películas de sexo y violencia, lo que nunca agradeceremos suficientemente sus forofos seguidores.

Además de su temprana relación con el cine, Jarmusch, alentado por su abuela, era un devorador de libros, convirtiéndose, desde temprana edad, en un apasionado de la literatura, a la que señaló posteriormente como culpable de sus creencias metafísicas. Él y sus amigos se iniciaron en la contracultura estadounidense a través de Kerouac o Burroughs, cuyos libros robaban a sus hermanos mayores. Con la pandilla, falsificaron sus documentos de identidad para poder entrar en los cines de mayores. Se matriculó en una academia de periodismo, estudios que abandonó para matricularse en la Universidad de Columbia, donde estudió literatura inglesa y norteamericana con la intención de ser poeta.

Volver a ver películas, al igual que releer libros, tiene su recompensa. De la misma manera que no podemos cruzar dos veces el mismo río, no podemos admirar dos veces la misma obra. En el primer caso quien cambia es el río; en el segundo, somos nosotros.

La primera vez que me acerqué a Paterson no vi más allá que una semana de la vida de un conductor de autobús al que le gusta escribir poesías sobre lo cotidiano: un día es una caja de cerillas, otro las cupcakes que elabora su pareja. Planos largos, la belleza de lo sencillo y la actuación magistral de la primera película de Adam Driver como protagonista, fueron suficientes. Varios años después, mi percepción es distinta. Voy a intentar explicar por qué. Paterson es, entre otras muchas cosas, un bucle dentro de otro bucle: es el nombre de una ciudad de New Jersey en la que vive un conductor de la línea de autobús 23 Paterson, de nombre también Paterson, admirador del poeta William Carlos Williams una de cuyas obras lleva por título Paterson —cinco tomos que escribió durante veinte años—.

Nuestro Paterson se despierta cada día a la misma hora, sin necesidad de despertador. Tampoco tiene, ni quiere tener, teléfono móvil. Lo primero que hace antes de levantarse es coger su reloj de muñeca y comprobar la hora, siempre la misma, las 6:30, besa a su pareja aún dormida, desayuna y se encamina a la estación de autobuses, provisto de su fiambrera y de su inseparable cuaderno. Mientras espera en su asiento a que el responsable de la línea le dé la salida, escribe los poemas que ha ido pensando durante el desayuno y el trayecto al trabajo. Tratan sobre la cotidianeidad, al estilo de su admirado W. Carlos Williams, criado en Paterson, como William Burroughs o Allen Ginsberg.

Durante su jornada laboral disfruta escuchando las conversaciones de los pasajeros: unos diálogos que utiliza el director para dar a conocer personajes vinculados a la ciudad, como el primer día en que una pareja de niños hablan de Hurricane Carter, el boxeador que fue encarcelado injustamente por un triple homicidio y al que Bob Dylan dedicó su célebre canción Hurrican que sirvió para dar visibilidad a su caso y conseguir, así, fondos para su defensa. En otro viaje, una mujer explica a su compañero la historia de Gaetano Bresci, tejedor y anarquista natural de Italia, aunque residente en Paterson, donde fundó un periódico anarquista. La Questione Sociale estaba escrito en italiano pues la ciudad estaba llena de emigrantes procedentes de aquel país. En 1898, con los italianos muriéndose de hambre por la falta de pan, un general cargó contra una manifestación provocando más de cien muertos, entre ellos la hermana de Bresci. El Rey Umberto I condecoró al general por la defensa que había hecho de su palacio. Al enterarse, Bresci volvió a Italia y mató al rey con cuatro disparos de revólver. La joven le explica que lo detuvieron, lo llevaron a juicio siendo defendido por un conocido abogado, lo mandaron a la cárcel con otros anarquistas y, al año, apareció muerto en su celda.

La presencia de gemelos es recurrente. Podría simbolizar la dualidad que se produce al situarse frente a un espejo. Esa dualidad ya implícita en su propio nombre, el mismo que la ciudad. Laura, su pareja, sueña de vez en cuando en tener gemelos.

Jarmusch no pierde ocasión para mencionar cualquier circunstancia histórica que guarde relación con la ciudad, como si se tratara del epicentro del mundo: la ciudad en la que nació Lou Costello —una estatua dedicada al actor se encuentra en el trayecto del autobús—, un recorte de periódico mencionando que un club de adolescentes de la ciudad acababa de nombrar a Iggy Pop como el hombre más sexy del mundo, lo que es suficiente para clavar el artículo en la pared del bar al que acude cada noche. El mismo año del estreno de Paterson, Jarmusch estrenaba el documental Gimme Danger sobre The Stooges, la banda de Iggy Pop, una de sus mejores películas.

Paterson cuenta también la historia de los anhelos del resto de personajes: el barman que se entrena jugando, en la barra, a ajedrez contra si mismo con la esperanza de ganar el campeonato local; Everet, el cliente enamorado, sin obtener correspondencia, de una de las asiduas al establecimiento —fantástico personaje encarnado por William Jackson Harper, protagonista de la divertida serie The Good Place— o Laura, la pareja de Paterson encarnada por una formidable Golshifteh Farahani, que prepara cupcakes para llevarlas al mercado del sábado con la esperanza de venderlos todos e iniciar un próspero negocio. Laura tiene pulsiones creativas que canaliza pintando cortinas, cuadros, telas y todo lo que esté a su alcance, con patrones de dos únicos colores: el blanco y el negro. Los patrones pueden ser círculos, rectas, líneas serpentiformes, quebradas o rombos, como la guitarra arlequín que adquiere por internet porque quiere ser cantante de country. Paterson alaba constantemente los resultados de esta creatividad, aunque alguna vez atente a su salud estomacal.

Las referencia a la lieratura son constantes. Laura le pregunta cómo llama a su cuaderno de poesías a lo que él le responde que «El cuaderno secreto». —¡Igual que el de Petrarca! —exclama ella, de mismo nombre que la idealizada amada del poeta italiano. En otra ocasión, en la que Paterson dialoga con una niña que está escribiendo poesía en un cuaderno, ésta le pregunta si le gusta Emily Dickinson. Ante la respuesta afirmativa, corre a decirle a su madre que ha conocido a un conductor de autobuses al que le gusta la poeta estadounidense.

Una noche, camino de la taberna con el bulldog, descubre a un afroameriano rapeando en el puesto de lavandería —se trata de Method Man—, mientras hace su colada: «Me llaman Paul Laurence Dunbar , llevo la máscara…». Laurence Dunbar, hijo de esclavos, fue un poeta, novelista y dramaturgo de finales del XIX y principios del XX. Escribió en inglés vernacular negro (IVN) y fue el autor de la letra del primer musical de Broadway totalmente afroamericano. Murió a la edad de 33 años. We wear the mask es uno de sus poemas más conocidos:

We wear the mask that grins and lies,
It hides our cheeks and shades our eyes…

Paterson es, muchas cosas, pero principalmente un homenaje a la poesía estadounidense. William Carlos Williams es considerado el fundador de la poesía moderna norteamericana. Cansado de la poesía basada en la métrica de las sílabas, heredera del estilo británico desde el Renacimiento, creó una poesía basada en la sonoridad de las palabras ––la música del lenguaje––, en sustitución de la métrica tradicional. Utilizaba la fluidez del habla para crear poemas sobre lo cotidiano; las cosas de la gente, contadas con el lenguaje del pueblo. Es el tipo de poesía que realizar el personaje de Jarmusch. El director solicitó al poeta Ron Padgett que le escribiera los poemas que vemos escribir y recitar al conductor de autobús.

Paterson hay que verla en versión original subtitulada. Adam Driver recita mientras van apareciendo las líneas de los poemas en la pantalla, como si se estuvieran escribiendo en aquel momento. Escuchar traducidos unos poemas que están basados en la musicalidad del lenguaje, carece de todo sentido. La voz del doblador es a la de Driver lo que la mermelada de quinoa a la de fresas. Como dice un personaje que aparece hacia el final, del que no doy más datos para no incurrir en un destripe, «la poesía traducida es como bañarse con impermeable».

Esto ha quedado un poco largo. Creí que me estaba corrigiendo, pero el ladrón siempre vuelve al lugar del crimen. Si no conocéis la película, ojalá esta entrada os haya animado a verla. Si ya la habéis visto, quizás os apetezca hacerlo de nuevo después de saber algo más acerca de ella, incluso que hay que hacerlo en versión original.

Sea como fuere, gracias por llegar hasta aquí y por dejarme vuestros comentarios, incluso dentro de unas semanas cuando ya la hayáis visto o vuelto a ver.


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8 comentarios en “Paterson. Una película poética.

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