La semana pasada centré parte de mi artículo en James Rhodes, el hombre que tan buena labor está haciendo luchando contra la pederastia y difundiendo la música clásica entre la juventud. Lo hace desmitificándola al actuar en recintos con precios asequibles y escribiendo libros para su divulgación. No obstante, su esfuerzo no es suficiente para difundir un tipo de música que cada vez cuenta con menos seguidores. ¿Qué estamos haciendo mal?
En mi opinión se trata principalmente de la educación musical que damos a nuestros hijos. Una educación que necesita de la colaboración de ambos progenitores y también del sistema educacional. Ya me referí a esto en otro artículo, y no voy a repetirme. Pero, ¿cuáles son las vías para interesar a la población ––principalmente a los jóvenes–– en la mal llamada música clásica?
La semana pasada el Teatro Real de Madrid programó la ópera-ballet de Jean-Philippe Rameau Les indes galantes, con dirección de escena y coreografía de Bintou Dembélé. La representación madrileña era una selección de fragmentos de la obra cumbre del músico francés; más o menos la mitad de la duración de la obra completa y, en consecuencia, también de la versión completa que se representó en la Ópera de La Bastille. La coreografía de Dembélé incluye a 30 bailarines de hip-hop, krump, break y voguing, todos ellos no profesionales, que acudieron a un casting del estamento parisino. Sin ningún tipo de experiencia en actuaciones ajenas a las calles de París y sin conocer ni compositor ni obra, se embarcaron en un proyecto totalmente novedoso. La experiencia se recoge en un documental dirigido por Philippe Béziat que se puede ver, previo pago, lo siento, en la plataforma del Canal + francés. Es emocionante ver la manera en que esos bailarines urbanos se entregan a la danza y como acaban valorando, apreciando y disfrutando la música del compositor francés. Las funciones de La Bastille se llenaron de un público variopinto abierto a experimentar propuestas actuales y arriesgadas. La duración de los aplausos, así como los comentarios, indicaban claramente que la apuesta había funcionado. No opinó lo mismo la crítica: en un artículo se llegó a escribir que no veían por qué el público tenía que pagar 300 € para ver algo que se podía ver gratis en la calle. El éxito en Madrid fue también aplastante.
No hay duda de que algunos de los bailarines, y también una parte del público no asiduo a este tipo de espectáculos, tuvieron una experiencia que les habrá llevado a explorar un arte por el que no se habían interesado nunca. Este es el camino: mantener las esencias y al mismo tiempo idear nuevos acercamientos que permitan divulgar esa música que con tanto talento, creatividad, esfuerzo, inspiración y sacrificio nos ha llegado a nuestros días y que es uno de los mayores patrimonios de la humanidad. Quizás la única barrera sea el esfuerzo previo necesario, comparado con el que requieren unas canciones de tres minutos, cuatro instrumentos y cinco compases, pero la recompensa es mucho mayor.
En línea con el anterior ejemplo, en octubre de 1996 se programaron, en el Palau Sant Jordi de Barcelona, 4 representaciones de la ópera Aida. Volvió a repetirse en 2006. Como veréis en el anuncio que aún conservo, se necesitaban 500 figurantes para distintos papeles, siendo el voluntariado la mejor manera de conseguirlos de forma gratuita.

Por lo que puede ver, los criterios de selección se basaron casi exclusivamente en el género y la altura. Se precisaban soldados, los que más, mujeres para el harén, sumos sacerdotes y pueblo llano. Los soldados, que protagonizarían el desfile de la célebre «Marcha triunfal» bajo los sones de las trompetas, debían ser jóvenes y de estatura tirando a media-baja. Yo fui seleccionado en calidad de sumo sacerdote, la graduación más grande que he tenido en mi vida.

Por si alguno de vosotros está interesado, soy el segundo por la derecha. Nuestra tarea consistía en estar, durante toda la función, en lo alto de un enorme escenario, imponiendo respeto con nuestra presencia (entiendo las risas).
Al finalizar la última función nos obsequiaron con un refrigerio de despedida y agradecimiento. Lo que más me impresionó fue como los jóvenes, ya sin disfraz, organizaron un desfile al son de la marcha triunfal cantada por ellos mismos. Hablando con alguno me comentó lo que era evidente: nunca hubieran imaginado que llegara a gustarles la ópera y que, además de habérselo pasado muy bien, pensaban comprarse el CD para escucharlo en casa, lo que aproveché para hacer proselitismo de un tipo de música que no entraba en su radar.
La curiosidad es el gran motor para avanzar, aunque a veces sea para hacerlo por malos caminos. Saber elegir y el azar, son determinantes. Sin curiosidad no hay conocimiento. Es la característica del ser humano que nunca podrá tener la IA y sin la cual nunca superará nuestro cerebro; bueno, a alguno si le hará el sorpasso, pero no será mérito suyo. Turing ya dejó dicho que la única manera de que las máquinas superaran algún día al ser humano sería reproduciendo el funcionamiento del cerebro de un niño. No se trataba de inyectar datos y más datos, sino de hacer que el cerebro fuera aprendiendo. Que vaya aprendiendo ya se ha conseguido con los algoritmos de autoaprendizaje, pero el cerebro de un niño aprende porque tiene curiosidad, de la misma manera que cuando dejamos de sentirla nos convertimos realmente en mayores.
En los 70, con el auge de la música pop-rock, numerosos músicos con mayor o menor conocimiento de la musical clásica ––puede que más bien, en algunos casos, el conocimiento fuera de sus productores ––, basaron algunas de sus creaciones en temas compuestos, muchos años atrás, por músicos que han pasado a la historia. Identificar alguna de estas equivalencias, unas veces investigando, otras, la mayoría, por casualidad, es una experiencia agradable. Al menos para mí lo ha sido y, cuanta más música escucho, más analogías encuentro.
A los 17 años me gasté una parte de mi primer sueldo, mejor dicho de lo que mi madre me dejó de mi primer sueldo, en la compra del álbum de Jethro Tull Living in the past. Uno de los temas ––By Kind Permission Of–– se inicia con un solo de piano que me dejó fascinado y que no me cansé de pinchar una vez tras otra. Años después, escuchando las sonatas para piano de Beethoven, reconocí, en el primer movimiento de la octava, parte de aquella introducción. Me emocionó que Beethoven hubiera copiado a Jethro Tull. En la siguiente tabla os relaciono una serie de temas modernos que incluyen algún pasaje de música clásica. No he incluido algunas piezas «basadas en», como podrían ser Because y Black Bird de los Beatles, sino directamente con compases claramente reconocibles. He colocado un link a su reproducción en Spotify tanto de la canción como del original en que se apoya (columnas 1ª y 4ª respectivamente) por si alguno tiene curiosidad y ganas. Para un mejor manejo tenéis, al finalizar la tabla, un botón que os permitirá descargar un archivo PDF, completamente libre de virus, conservando los enlaces. Hacerlo desde el artículo puede ser engorroso.
Las bandas sonoras son otra forma de acercarnos a la música clásica. A los aficionados a ellas les supongo curiosidad suficiente para ir a los originales.
La música clásica está en todas partes: películas, anuncios e incluso entonamos fragmentos sin saber quién los creó. El ejemplo más claro es la tonada que los aficionados cantan en los partidos de la selección española de fútbol, y también el público del programa de RTVE @larevuelta_tve poniendo como letra el célebre texto «looo lo lo lo lo loooo lo«. Seguramente, algunos estarán convencidos de que se trata de un tema incluido en la canción de The White Stripers, Seven Nation Army. Y es así, pero este grupo utilizó a su vez el final del primer movimiento de la 5ª sinfonía del compositor alemán Anton Brucker, como podréis comprobar si le dais al play en el siguiente archivo de sonido. Adiós derechos de propiedad.
Muchas gracias por haber llegado hasta aquí. Recordad que vuestros comentarios son la savia de este blog.
PS: Mientras se le estaba preparando la cicuta con la que había sido castigado a suicidarse, Sócrates aprendía una aria con la flauta. ––¿De qué te sirve? ––le preguntaron. ––Para saber esta aria antes de morir ––les respondió.
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Muy buena anécdota, que no conocía, lo de tu participación en la representación de Aida.
Estoy muy de acuerdo en que se han de buscar formulas para atraer publico joven a los conciertos de clásica. En este sentido pienso que se debería fomentar las producciones que incorporasen imagen a los conciertos en directo y sobre todo fomentar el uso de bandas sonoras de piezas conocidas en films y series de televisión.
No he sido capaz de encontrar a que me suena el final del movimiento de Bruckner. Me das alguna pista?
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Gracias como siempre Toni. Efectivamente pueden hacer muchas cosas, entre ellas, las que propones. Pistas: fútbol y La Revuelta. Loooo lo lo lo lo looooo lo, looooo lo lo lo lo looooo lo…
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Siempre interesante y revelador lo que escribes, y documentas 😉
Gracias!
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Muchísimas gracias por la paciencia de leer mis idas de olla y, además, comentarlas.
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Didáctico y estimulante y estimulante como siempre tu artículo. Estas iniciativas son las motivan a la gente.
Recuerdo llevar a mi hija de muy pequeñita a unos previos en el auditorio de Granollers encima del escenario, dónde mientras los músicos acababan de afinar sus instrumentos un divulgador explicaba la música que iban a interpretar.
La pieza de Bruckner me recuerda a la Marcha imperial de La guerra de las galaxias.
En el solo de hammond de Burn de Deep Purple reconozco a Bach, no sabría decir qué obra.
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perdón, se me disparó la respuesta antes de tiempo, por cierto, soy Edu
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Pues no soy capaz de reconocer ninguna melodía clásica en Burn. EN todo caso, unos compases al estilo de Bac en el contrapunto. Donde sí hay clásica por un tubo, es en esta interpretación en concierto: https://www.youtube.com/watch?v=vodWKgp71os Ahí está, a la guitarra, el inicio del 4º movimiento de la 9ª de Beethoven; luego, en el teclado, Jon Lord se anima con We Wish you a Merry Christmas, un clásico ya, sigue con el tema de Tiburón de John Williams y termina con la cantata 147 de Bach. Pero Jon Lord era un genio. Compuso un concierto para grupo y orquesta que quedó registrado en el Disco 2 de este álbum https://open.spotify.com/intl-es/album/2MDlquYiN2cUsTh5kt2mPE?si=VaxRdWcMSKq2EVO5WykYAA
Respecto al final del primer movimiento de la 5ª de Bruckner, quizás «a veces veo muertos» pero identifico claramente el grito de guerra de los aficionados al futbol en los partidos de la selección española con la letra de looo lo loo lo lo looooo lo, también utilizado por el público del programa La Revuelta.
Muchas gracias por tu comentario. Es de los que anima a seguir escribiendo. Un abrazo.
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Vaya popurri de clásica hace Deep Purple en ese concierto, me encantan.
Recuerdo este tema de Sweetbox poniendo letra a un tema de Bach https://youtu.be/rzTT5M8zBu4
El loooo lo loo que comentas es The White Stripes de Seven Nation Army
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Claro, así lo puse en la tabla del mismo artículo. ¿Se lo inventó Seven NAtion Army? No. Final del 1er movimiento de la 5ª de Bruckner. Escucha ambos.
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Lo que hace Sweetbox, en realidad, es poner letra encima de la melodía del aria de la suite n.º 3 y de su bajo continuo, es decir, de toda su pieza, y una nueva melodía con el texto EVERYTHING’S GONNA BE ALRIGHT» de vez en cuando, pero no pone letra a la música de Bach..
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