
Durante años mantuve, hasta cierto punto, controlada mi tendencia a la dispersión, control que doy formalmente por concluido a la vista de los hechos. «El tiempo tiene como objetivo matarme; el mío es matarle a él. Se vive bien entre asesinos», escribía mi admirado Cioran. A pesar de tener todo el tiempo a mi disposición por inexistencia de nietos que mal educar, con las relaciones paternofiliales en pausa, y contando con la aquiescencia de mi mujer ––creo que es así––, el tiempo no me alcanza.
Hace unos días, apareció en el buzón de casa «Elogio de la melancolía» de László Földényi, gentileza, previo pago, de una librería alemana. A las pocas horas, recibí una llamada de la biblioteca para comunicarme que ya disponían de los libros que había encargado ––nueva estrategia para evitar la sobresaturación de mis ya anegadas estanterías: «Esculpir en el tiempo» de Andrei Tarkovski y «El mundo en el oído» de Ramón Andrés. Días atrás había entrado en la librería Alibri con la intención de adquirir los tres. Al salir, llevaba encima una magnífica edición de Moby Dick, ilustrada por Akira Kusaka, con traducción de Andrés Barba.
Somos muchos los que adquirimos más libros que los que somos capaces de leer. Es algo compulsivo: eso veo, eso quiero. Todos tenemos, estoy seguro de ello, el convencimiento de que esos libros que reposan dócilmente en las estanterías, sin un atisbo de queja, los leeremos algún día. Nada más falso. Además de no leerlos, seguiremos adquiriendo volúmenes a un ritmo superior al de nuestra capacidad lectora.
Una de las obsesivas costumbres que me han acompañado toda la vida, ha sido la de intentar recordar el camino recorrido por una idea o acción. Ejemplo: ¿por qué estoy recordando esta película si hace un rato estaba totalmente concentrado leyendo este libro? Se trata de recuperar el enlace con la idea anterior y así sucesivamente hasta posicionarme en el punto inicial. Algo así como una pieza musical cuya melodía va cambiando de tonalidad hasta que, en el último acorde, regresa a la tonalidad inicial después de unos minutos ––o unas horas si se trata de Tristán e Isolda––. Entonces, te encuentras de nuevo en casa, con la estabilidad recuperada. Encontrar el path es, para una mente dispersa, una tarea titánica, fatigosa, agotadora, improductiva, cuyo único mérito es constatar lo absurdo que uno puede llegar a ser. Actualmente, en este feliz estado que es el de jubilado, he recuperado, también sin proponérmelo, esta innecesaria manera de utilizar el tiempo. Seguramente esa forma poliédricamente dispersa de pensamiento debe ser una enfermedad, leve por supuesto ––nada que ver con las enfermedades mentales graves, quede claro–– y totalmente tipificada. Las sociedades occidentales la conformamos millones de individuos con enfermedades mentales que desconocíamos tener pero que hemos conocido ahora gracias a la iluminación de un/a coach o influencer en las redes sociales, momento en que nos hemos liberado de responsabilidades y culpas ––es la enfermedad, no soy yo––, aunque Taylor Sweeft cante «It’s me, hi, I’m the problem, it’s me» ––¿para qué citar a Sócrates existiendo cantantes?
Leer, en Moby Dick, que Queeequeg, el caníbal, viaja en compañía de una cabeza disecada, me hizo recordar algunas películas donde las cabezas cortadas tienen su importancia. Por ejemplo Se7en, uno de los finales más impactantes del cine, donde nunca llegamos a ver qué contiene la caja, damos por sentado que encierra una cabeza, no diré de quién. Tampoco se muestra en Barton Fink, cuatro años anterior, qué contiene el paquete que deja a Barton el huésped de la habitación de al lado. Tuve que volver a verla ––es una de mis preferidas de los hermanos Coen–– y, como en cada ocasión, descubrí nuevas interpretaciones de uno de los mejores guiones de la filmografía Coen, y es que, Mulholland Drive nos enseñó lo que es realmente una película indescifrable; antes de ella, todo tiene explicación. Sobre el hotel en que vive Barton, en el que ocurre casi toda la acción, tuve que ver el Resplandor para certificar determinadas analogías. Satisfecho, repasé la filmografía de los hermanos para certificar que no me quedaba ninguna por ver y también para preparar una maratón Coen en lugar de ver series insufribles. Hablando de los Coen y de series, imagino que ya habréis visto las tres temporadas de Fargo. Descubrí que el 1 de marzo de este año, se había estrenado en España la única película de Ethan Coen, en solitario, sin mucho éxito: sólo 3.337 espectadores. Se trata de una road movie en la que dos amigas lesbianas emprenden un viaje en coche, una versión lésbica de Thelma & Louis, llevando, sin saberlo, ¡sorpresa!, una cabeza decapitada dentro de una caja de sombreros. También aparece el pasillo de un hotel, casi exacto al de Barton Fink. Y la cosa no acaba aquí, pero ya es suficiente. Un día escribiré sobre esa delicia de película, pero lo que me interesa explicar es el camino que me llevó a descubrir la temible enfermedad en la que me revuelvo. Porque, por si no fuera suficiente, hace algo más de un mes entró un piano en casa y ando aprendiendo a tocarlo entre pensamiento y pensamiento. ¡Hay que poner fin a este desorden!
Consulté al Dr. Web y vi que mis síntomas coincidían con los del TDAH (trastorno por déficit de atención e hiperactividad), que incorpora también la impulsividad; eso me hizo dudar. El tratamiento consiste en medicación: metilfenidato, anfetaminas y atomoxetina, además de sesiones con psicoterapeuta. No dudo de la eficacia y la necesidad de este tipo de tratamiento en algunos casos graves, pero harían bien los padres de niños diagnosticados de TDAH, en asegurarse de que sus hijos necesitan realmente ese tipo de drogas.
No quise creer que este fuera mi caso. Bastante tengo con las pastillas para la hipertensión y la diabetes melitus que parece está invadiendo a los boomers. Sobre la hipertensión, desde que dejé de trabajar la tengo por los suelos. Ese es el remedio: dejar de trabajar. Seguí investigando y encontré un segundo diagnóstico que me convenció, sobre todo por su nombre. Siempre he valorado la originalidad. Ser hipertenso, diabético o tener la gota, me parece de lo más vulgar. Tener «mente de mono», me gusta. No entiendo bien por qué tiene que ser malo tener una mente como la de nuestros antepasados, pero doctores tiene la web. Así que he decidido que tengo «mente de mono», y cuando uno decide la enfermedad que tiene, no debe estar tan mal.
«¿Te sucede a menudo que tu mente salta sin control de pensamiento en pensamiento? Eso exactamente es la mente de mono: tu mente te lleva vertiginosamente de un lado a otro como si fuera un mono que salta de rama en rama.»
Todas las páginas que hablan de cómo controlar la «mente de mono», coinciden en que el tratamiento es el mindfulness que, según interpreto, no debe confundirse con la meditación ––entre bomberos, no se pisan las mangueras––. Me gusta lo de tener la mente de mono, aunque si cada vez que soy consciente de estar yéndome por los cerros de Úbeda ––qué maravilla su museo de la cerámica–– tengo que parar 20 minutos a respirar, me voy a perder los incontables viajes que mi mente de primate realiza. Y, ¿realmente es tan importante ser consciente de todas las sensaciones que puedes tener, por ejemplo, fregando platos? La mente necesita descansos, sí, pero no sé si la gente que tiene mente creativa, y no estoy diciendo que yo la tenga, mejoran su creatividad respirando y quedándose en blanco. No me imagino a un pintor o escritor parando su mente de mono justo en el momento en que le asaltan, una tras otra, imágenes o ideas. La inspiración nunca llegará mientras te quedas in albis, por más que la inspiración sea el 50% del proceso de respiración.
«En 2019, una investigación encontró que el 25% de las personas que practican mindfulness han padecido un aumento de la ansiedad, ataques de pánico, depresión y disociación durante la misma.«
No hay tiempo para equivocarse de estrategia. Cuando uno es joven, el tiempo, siempre él, te permite rectificar; en fase vital avanzada, los telómeros andan en mínimos y el acierto es obligatorio. Conviene, pues, echar mano del refranero popular: «virgencita, virgencita, déjame como estaba«.
P.S. El año pasado, por estas fechas, los cines estaban a rebosar. Mattel logró,con su campaña de publicidad, que millones de espectadores fueran a ver el dúo que integraba Barbenheimer. 2023 fue un buen año para el cine. Aparte de Openheimer, las películas que llegaron a candidatas en los certámenes eran francamente buenas. Este año la calidad, de momento, anda algo floja. Andarán esperando al último trimestre para tener más oportunidades de premio. Relaciono las que más me han satisfecho: «Radical», que no es película de Óscar, pero sí necesaria de ver,» La estrella azul», divina, «Trap», un prodigio de entretenimiento a pesar de un guión tramposo, «Siempre nos quedará mañana», otra película necesaria, «La quimera», sobre desesperanza, y «El 47», una historia de lucha y resiliencia con una sublime interpretación de Eduardo Fernández. Tengo muy buenas referencias de «Segundo premio» pero como no la he visto, no opino. A la espera de «Joker: Folie a Déux», «La habitación de al lado» y «Marco».
Si tenéis recomendaciones, ya sea de libros o películas, por favor incluirlas en los comentarios. Gracias por haber llegado hasta aquí. Seguro que tenéis muchas más cosas a las que dedicar vuestro tiempo.
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uf que denso, me voy a andar un rato y ya te dire algo. Sigue asi. Cada vez es mas interesante lo que escribes
Toni
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¡Muchas gracias Toni!
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La otra noche, en el transcurso de una cena, le hablé a una amiga que presentaba síntomas, del pensamiento del mono y me faltaron ejemplos. En cuanto acabe este comentario, voy a pasarle un enlace con tu texto (que me viene al pelo) para que lo lea, escarmiente y se le pasen las ganas de tanta pirueta mental. También le pediré (es más inquieta que yo y así aprovecho) que me ponga al día de todo el contenido que citas, yo sólo puedo ayudarla en «el proceso».
Para estar tan disperso como dices, en cada uno de tus escritos nos pones al resto un montón de deberes.
Paco del Real
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Me has arrancado una risa, Paco. Gracias por ella y por tu fidelidad lectora a pesar de lo capullo que puedo llegar a ser en ocasiones. Sabes por qué lo digo. Ya me contarás como acaba tu amiga. Si la convences de que se suscriba al blog, te deberé un café o una caña. El proceso es importante. En muchas ocasiones, lo que importa es el viaje.
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