
Al parecer, la extrema inclusividad parisina incluye dirigentes incapacitados. Todo por la inclusión; incluido el ridículo. Colocar la bandera olímpica con los aros en vertical, no demuestra muy buena planificación. Afortunadamente, alguien ordenó, en pocos minutos, que los agujeros del mástil dejaran de expulsar aire, y los aros dejaron de verse. Lo que no consiguieron disimular los organizadores fue una absurda, innecesaria, evitable y esperpéntica polémica, ampliada, como no, por los altavoces de las redes, escenario donde triunfa el que la dice más gorda y consigue más crédulos.
Ignoro si fueron muchos los que, contemplando la ceremonia por TV, vieron «La última Cena» de Leonardo da Vinci representada. En mi caso, fue al día siguiente que conocí la indignación de algunos cristianos al considerar una burla a uno de los hechos más importantes del cristianismo: la última cena de Jesús con sus discípulos. Concretamente unos breves segundos a partir de 1:52:38 en el video de RTVE Play.

Voltaire, un francés adelantado, ya lo predijo cuando escribió que lo que llamamos casualidad no es, ni puede ser, sino la causa ignorada de un efecto desconocido. Creo que es poco discutible que tanto la agrupación en tríadas de los comensales, como los tres ventanales que enmarcan un paisaje, coinciden claramente en el cuadro de Leonardo y el encuadre de la televisión francesa. Por cierto, notad que en el cuadro de Leonardo, Jesús no lleva nimbo, mientras que Barbara Butch, la DJ, es portadora de uno con antenas.

Cuarenta y cinco minutos más tarde, en el 2:36:30 del mismo video, aparece una fuente de comida con mampara metálica que, al abrirse, nos muestra al pitufo Dioniso, momento en que pensé que la obscurité incluiría el canibalismo, pero no se lo comieron y el pitufo se puso a cantar, el micrófono le resbaló de las manos mezclándose con el contenido de la fuente, pero la dulce melodía que nos interpretaba siguió sonando sin interrupción, sin micro, fruto de la magia de los dioses. Hago un aparte para señalar que la locutora de RTVE mencionó al pitufo como «Dionisios». Vamos a ver, la deidad se llama Dioniso siendo San Dionisio, o Saint-Denis para los franceses, el primer obispo de París. Durante la persecución de Aureliano, fue martirizado y decapitado. Dionisio puso entonces su cabeza bajo el brazo y recorrió 6 Km –a los franceses les gusta eso de andar sin cabeza– hasta llegar al lugar en que posteriormente se construyó la Basílica-Catedral de Saint-Denis que determinó el canon costructivo de todas las catedrales góticas posteriores–, entregando la cabeza a una mujer de la nobleza para, a continuación, caer sin vida y con la misión cumplida.
Pero centrémonos en la escena. No hay nada en este encuadre, ni en los posteriores, que recuerde a la «Última cena» de Leonardo da Vinci. Las tríadas fueron sustituidas por decenas de incluidos/as y el efecto ventana se había esfumado por haber oscurecido. No queda lugar a dudas de que la ofensa no es por esta escenografía, sino por la anterior.
El community manager del museo Magnin, de Dijon, vio una estupenda oportunidad de promover su museo subiendo un tweet, en X – antes Tweeter–, preguntando, con un guiño, si el cuadro que adjuntaba nos recordaba algo, a la vez que nos invitaba a visitar el museo, en Dijon.
Y entonces ocurrió lo inesperado: empezó a correr el bulo de que esa parte de la ceremonia estaba inspirada en esta magna obra. Identificaron esta escena como la que provocaba el enfado de la comunidad cristiana y, en consecuencia, cargaron contra sus miembros por ser unos cenutrios que confundían la «Última Cena» con el «Festin des Dieux». Si no quieres caldo, toma dos tazas.
¿De verdad alguien puede creer que los franceses, y aún más los parisinos, con un chauvinismo (palabra francesa) estratosférico, van a hacer referencia a un mediocre y mutilado cuadro (falta un lateral que fue cortado), de un artista neerlandés que no aparece en los libros de arte y que se encuentra en un museo que es de los menos visitados de la ciudad de Dijon (si me hubiera hecho una selfie cuando visité Dijon ahora podría alardear de pionero, pero ni me acerqué a ese museo), mientras todas las referencias de la ceremonia fueron parisinas? ¿No hubiera sido más fácil, para aclarar la referencia, incluir los gadgets identificativos de la obra como son el tridente o la manzana de la discordia?
Imagino a millones de usuarios de las redes sociales viajando a Dijon para hacerse una selfie con el «Festin des Dieux», cuadro olímpico del pintor Jan van Bijlert, neerlandés, calificado por el más benévolo de los historiadores del arte como «un buen artesano». Pero ojo con las confusiones porque he visto que algunos ubican el museo en Avignon. No están lejos ambas ciudades, pero cuando se trata de selfies, la productividad cuenta y, ¿quién va a perder el tiempo visitando Avignon, pudiendo ver un cuadro del gran Jan van Bijlert?
Ni los propios responsables de la ceremonia hacen mención de esta obra, por la sencilla razón de que, excepto los trabajadores del museo y algún historiador del arte especializado en barroco flamenco, nadie sabía que existía.
«La idea era representar una gran fiesta pagana, vinculada a los dioses del Olimpo y, por tanto, a los Juegos Olímpicos», señaló Jolly, que negó además que se inspirara en ‘La última cena’. «Es Dioniso llegando a una mesa. ¿Por qué está allí? Porque es el dios de la celebración en la mitología griega. Creo que es bastante obvio que la obra de Da Vinci no es mi inspiración», apuntó. «Nunca encontrarán por mi parte ningún deseo de denigrar nada». Vaya, no se acordó de la excusa del «festín».
A su vez, Patrick Boucheron, célebre historiador francés y coguionista de la ceremonia, declaró:
«… es gracias a una congelación de imagen, casi una imagen robada a su gran flujo, que desde un cierto ángulo (recordemos que el escenario es de doble frente e implica a decenas de bailarines), en un punto de la escenografía de Barbara Butch, podemos ver una representación de la Última Cena pintada por Leonardo da Vinci en Santa Maria delle Grazie en Milán a finales del siglo XV.
… no seamos ingenuos: esta polémica es cualquier cosa menos espontánea, la imagen en cuestión no habría escandalizado a nadie si algunas personas no la hubieran hecho realidad señalándola, no habría herido a nadie si algunas personas no se hubieran esforzado en afirmar que es ofensiva. ¿Y quiénes son? Los que tienen interés en dividir, separar y desunir.»
Sí, de acuerdo, pero ¿era realmente necesario? ¿Por qué no se atrevieron, por ejemplo, con una parodia de La Consagración, escenografía mucho más parisina que la de Leonardo y ubicado en el Louvre? Pintado por Jacques-Louis David, gran pintor parisino, representa la autocoronación, en la catedral de Nôtre-Damme, del emperador Napoleón. Barbara Butch hubiera sido una Napoleón magnífica y hubieran cabido en la escenografía cientos de incluibles, incluso algún sans-abri. Pero Napoleón es intouchable.
Es más que seguro que el guion de la ceremonia pasó filtros y más filtros, como no puede ser de otra manera. Patrick Boucheron nos da una pista cuando dice: «me gustaría subrayar que, para nosotros, había dos componentes: la ciudad —y no el país—, las imágenes —y no las historias». Las historias son las que se describen en los guiones, las imágenes no.
Algo así pasó con la película Viridiana, filmada por Luis Buñuel y coproducida por Pere Portabella.

A inicios de los 60, estando el gobierno de Franco muy interesado en que Buñuel rodara en España para potenciar el programa de prestigio cultural que había iniciado, el cineasta presentó a los censores el guion de la película Viridiana. El entonces director general de cinematografía, José María Muñoz Fontán, comunicó a Buñuel y Portabella una serie de objeciones, entre ellas el final en el que Don Jaime recibe a Viridiana, prima novicia, en su habitación. Muñoz Fontán sugirió que el final podría dar lugar a malas interpretaciones, indicando que «si al menos fueran más …» Obedientes, Portabella y Buñuel decidieron incluir en la habitación también a la criada, de tal manera que la película se cierra con un trío que va a jugar una partida de tute, alegoría de un «menage a trois», como el de la biblioteca de París en la ceremonia. En el guion se recogía la celebración de una cena de mendigos y, aunque se hablaba de la distribución de los comensales, la Última Cena de Leonardo no podía intuirse. Y ese fue el problema, porque la potencia está en las imágenes y no en el relato. Terminada la cena, doce desharrapados mendigos, borrachos algunos, desdentados otros, con un ciego confidente de la policía en la posición central de Jesús, posan, en un mismo lado de la mesa, para inmortalizarse en una fotografía, mientras suena el Mesías de Händel para que no hubiera confusiones. Un ejemplo de inclusión.
La que ocurrió es de sobras sabido. La película se llevó al festival de Cannes donde tuvo una acogida genial. Pintaba que habría premio –Viridiana se llevó la Palma de Oro– así que la noche antes convencieron a Muñoz Fontán para que subiera él a recoger el galardón y que no hubiera así ninguna duda respecto a que la película representaba a España, privilegio que aceptó encantado sin saber la que le esperaba. Muñoz fue destituido del cargo, a Buñuel se le prohibió volver a rodar en España y a Portabella se le retiró la licencia de productor, todo como consecuencia del escándalo que provocó la película y de que el Vaticano, por mediación de su periódico oficial L’Osservatore Romano, mostrara su indignación considerando Viridiana como una cinta blasfema y anticristiana. Franco ordenó la destrucción de todas las copias. Afortunadamente una de ellas había embarcado a México desde donde se distribuyó internacionalmente. En España pudo verse una vez desaparecido el nacionalcatolicismo, es decir cuando la palmó el dictador.
Quizás, en la ceremonia, fue uno de los escenógrafos de Jolly quien urdió la coreografía o puede que él mismo. De haber sido más valientes, la DJ hubiera pinchado un fragmento del Mesías de Händel durante aquellos breves segundos, o mejor aún, algún tema de Stella Maris para de esta manera fomentar la creatividad de los habitantes de las redes insociales con algo más asequible.
PS: Feliz verano y que el inexistente cambio climático os sea leve.
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No te pierdes ni una Agustin. He visto cero pelotero de los Juegos olimpicos de Paris. Ni me importan ni se me espera. Tampoco se nada de las redes sociales.
Como dijo Jesus en los evangelios, como se nota mi solida formacion de colegio de curas, «Mi reino no es de este mundo, y. …..». En mi mundo vivo mas tranquilo ajeno a polemicas banales que solo sirven para distraer a la plebe de la triste realidad que les toca vivir.
Me marcho a mi caminata diaria al lado del mar.Agur
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Me gusta el espectáculo y me fascinan las ceremonias de apertura de las olimpiadas, pero por primera vez me han aburrido y hastiado soberanamente. Respecto a lo del anonimato, no acabo de entenderlo. Si llegas a la entrada a través del correo, estás identificado y puedes comentar en ese momento. También tienes la opción de incluir el correo en el momento de comentar. Algo se me escapa.
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soy AM, por cierto. Eso de responder en anonimo es un coñazo
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