Errores informáticos

Imagen generada con la IA de WordPress

Con el cambio de milenio, los gurús auguraron una caída masiva de los sistemas informáticos. El problema era muy simple: en las bases de datos, dos eran los dígitos para el dato reservado al año; se entendía que las dos primeras cifras eran siempre 19. Pues bien, después de cambiar todo el software mundial, no pasó absolutamente nada. Y si algún software dio algún problema, este fue absolutamente local.

Sin embargo, estos días sí hemos vivido un apocalipsis digital, esta vez imprevisto: una actualización de la firma de ciberseguridad de CrowdStrike, en su versión para Windows,  ha provocado una caída de las aplicaciones de Microsoft en la nube a nivel mundial. Las empresas que utilizan equipos con sistema operativo macOS o Linux no se han visto afectadas. Imagino a los equipos de soporte técnico atendiendo a centenares de miles de técnicos de sistemas solicitando ayuda, y a esos últimos intentando poner en marcha sus programas en bucle permanente de caída en cada conexión a Internet.

Muchos se preguntarán cómo es posible que puedan producirse errores en una actualización de un sistema tan crítico como es un software de ciberseguridad. La informática –tampoco la Inteligencia Artificial, no lo olvidemos– no es infalible. El software, el funcionamiento de los algoritmos, el hardware, y todo lo que tiene que ver con ella, están construidos por personas y las personas, nos equivocamos. Los errores se intentan minimizar, pero no todo es previsible. Cualquier «juego de pruebas» puede no contemplar determinada circunstancia. Desde la actualización de una versión equivocada a una modificación del propio software de Microsoft; cualquier cosa. El caso es que, como no podía ser de otra manera, ese error informático me ha recordado una anécdota vivida en primera persona, en mi época de responsable de mantenimiento de las aplicaciones informáticas de tarjeta de crédito de una entidad financiera. Es lo que tiene ser boomer: cualquier tiempo pasado no necesariamente fue mejor, pero puede que sí más divertido, ni que sea por la perspectiva temporal.

Ocurrió un verano de 1986. Los últimos meses habían sido muy duros. Habíamos introducido numerosas mejoras en la mayoría de aplicaciones, incluyendo muchas funcionalidades, siempre con el estrés del calendario y los problemas de última hora. La informática sería un pasatiempo perfecto de no existir el crono; había que cumplir con el calendario y que todo estuviera a punto en las fechas comprometidas con la Organización. Con el trabajo realizado y todos los programas probados y funcionando, llegó el momento de tomar vacaciones. Me despedí de AM, director del departamento, deseándonos un feliz descanso, así como de quien tomaba la responsabilidad de mantener los sistemas, un técnico informático externo, AL, que percibía en un mes lo que yo en medio año. En mi deseo de no ser importunado, no facilité ningún dato que permitiera ser localizado.

Habíamos alquilado un apartamento en la Costa Brava, cuando no sabíamos que el Sol provocaba cáncer de piel –o sencillamente no lo provocaba–, no existían los teléfonos móviles y los apartamentos no disponían de teléfonos por el temor de los propietarios a las facturas, por uso abusivo, principalmente de turistas extranjeros, al ser las denominadas entonces conferencias (cualquier llamada no nacional) extremadamente caras. En consecuencia, no existía ninguna posibilidad de que mi descanso se viera interrumpido, o al menos eso pensaba yo. No caí en que tiempo atrás le había comentado a AL que pasaríamos las vacaciones en la bella localidad de Llafranc.

Al cabo de unos días, estando una mañana jugando en el mar con mis hijos, divisé, en la orilla, dos figuras erguidas y enfundadas en sendos trajes oscuros. Impertérritos, oteaban a los bañistas como detectives buscando a un delincuente. No tuve que emplear mucho tiempo para deducir quienes eran los intrusos y a qué se debía su presencia. Descartada la opción de nadar mar adentro -tengo un índice de flotabilidad negativo–, salí del agua para interesarme por el motivo de tan agradable visita, defraudando, supongo, al resto de bañistas que esperaban ver como me detenían esposado. El caso es que el banco llevaba varios días con los sistemas parados debido a una diferencia de 20 millones de pesetas en la aplicación que elaboraba los extractos de tarjeta de crédito mensuales. No coincidía el total de las compras procesadas con el dato que aparecía en los libros contables.

La escena, digna de figurar en «Una paloma se posó en una rama para reflexionar sobre la existencia», del cineasta Roy Andersson: una mesa redonda en un apartamento de playa, inundada de listados informáticos; sentados en unas sillas de mimbre, AM y AL, trajeados, y un turista en bañador revisando toda la documentación. Detectado el error, la solución era tan fácil como modificar el programa, añadiendo un punto al final de una sentencia condicional, y ejecutar de nuevo el TCA020, nombre que identificaba al software culpable. No obstante, y para no correr más riesgos, los hombres de negro me llevaron prisionero a Barcelona, asegurando así que todo funcionara correctamente. Resuelto el asunto, reemprendí mis vacaciones, incluyendo en ellas un suculento almuerzo en un restaurante de mi elección en la Costa Brava, por invitación de la dirección del banco.

Ha llovido mucho desde entonces, aunque mucho menos de lo deseado. Como ocurre en algunas películas antes de los créditos, conviene explicar qué ha ocurrido con los personajes de esta historia. AL cesó su colaboración y, después de dedicarse a la intermediación de operaciones inmobiliarias en Madrid, creo una gestoría en Teruel. La gestoría ha dejado de existir y AL probablemente también. Con AM, ambos jubilados, mantenemos encuentros presenciales, de periodicidad mensual, en los que durante una media de 6 horas debatimos sobre música clásica, cine y sobre el gran futuro que tiene la estupidez humana. Suscrito a miazotea.com, AM no pierde ocasión de incluir siempre algún comentario que agradezco enormemente, agradecimiento extensivo a todos aquellos lectores y amigos que se toman esa molestia.


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8 comentarios en “Errores informáticos

  1. Que recuerdos y que mal lo pasamos con los errores algunas veces, pero al final solo acabas recordando la parte feliz de la celebracion de la resolucion del problema. Falta un personaje en la anecdota (JAG) que fue quien nos empujó a iniciar la busqueda y captura por Llafranc.

    Eso si, en aquella epoca todo era muy local y particular de cada empresa y no se provocaban los grandes errores mundiales de ahora que tanta alarma provocan.

    En fin, continuo disfrutando de mi estancia veraniega en Menorca con la tranqulidad de que a estas alturas ningun error informatico va a alterar mi descanso en la playa. Lo que me altera ahora es la fortuita caida de mi mujer que la mantieneen reposo y la pierna en alto desde hace mas de un mes; pero al menos escribo este comentario mirando el mar (quien no se consuela es porque no quiere).

    Feliz verano a todos los seguidores de Mi azotea, y confiar en que Agustin siga deleitandonos con sus agudos articulos,

    AM

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    • Siento mucho la caída de tu esposa y os deseo un pronto restablecimiento. De JAG no hemos vuelto a saber nada como bien sabes. No lo he incluido en la anécdota porque ignoraba, o al menos no recordaba, que él había sido el promotor de la expedición. He llegado a la conclusión de que, excepto las redes sociales, el resto de este mundo lo hemos construido los boomers. Hemos pasado de ir a buscar, con el cubo de aluminio, bloques de hielo para la nevera de casa, a diseñar soluciones tecnológicas.

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  2. Pingback: Felices Fiestas y un fantástico 2025. | MI AZOTEA

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