
Cuando emprendas tu viaje a Itaca,
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias …
… Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Son un par de estrofas de Itaca, el célebre poema de Kavafis. Lo que nos dice el poeta es que más interesante que el destino es el viaje en sí y que por eso hay que desear que sea largo y lleno de aventuras y experiencias. De existir en tiempos de Ulises el transporte hiperlumínico, o el avión, la Odisea se hubiera reducido a la nada.
Oímos a mucha gente afirmar que lo que más le gusta es viajar; incluso nosotros mismos lo hemos dicho, seguro, alguna vez. Viajar significa desplazarse de un lugar a otro. Etimológicamente, proviene de la palabra catalana viatjar, que a su vez procede del latín «vía = camino». Decir que nos gusta viajar es tanto como decir que nos encanta estar encerrados en un avión, con dos rodillas incrustadas en nuestras lumbares, sin posibilidad de movernos ni de contemplar paisaje de ningún tipo, salvo nubes en el mejor de los casos. Quizás nos gusten las turbulencias o la posibilidad de caer en picado y convertirnos en carne asada para deleite de carroñeros/as, aunque no creo que sea eso. En todo caso, nos gusta el turismo pero no viajar.
Cosa distinta son los viajes a pie, en carro, a caballo, en burro, a lomos de un elefante o, ya de forma más moderna, en bicicleta, tren, automóvil o autocaravana. El avión puede tenerse en cuenta como medio para realizar un acercamiento al punto de inicio del viaje, pero como tal, lo único que nos aporta es un trueque de tiempo a cambio de pérdida de experiencias. Si Ulises hubiera ido a Itaca en avión, no sabríamos de lestrigones, Menelao, Laertes ni tantos otros.
Convengamos que actualmente un porcentaje mayoritario de los llamados viajes consiste en decidir un destino, comprar unos pasajes de avión, buscar en el navegador el site «cosas interesantes que ver en …», y alquilar un alojamiento en Booking o Airbnb. Ya en la etapa post viaje, publicar en las redes sociales fotos de «las cosas interesantes que ver en», chequeando qué amigos y familiares nos han dado like, lo que equivale a la antigua sesión de fotos con que los boomers –y no tan boomers– hemos martirizado o sido martirizados.
En la modalidad coche, la tecnología también nos ayuda a «disfrutar» del viaje: tablets o móviles para que los pequeños estén entretenidos y no nos pregunten cada cinco minutos si falta mucho, y el navegador o navegadora interrumpiendo continuamente nuestro programa de radio, lista de Spotify o, en escasos casos una amena conversación, para ordenarnos que, al llegar a la rotonda, tomemos la segunda salida, siendo la principal aventura no equivocarnos al contar salidas o sincronizar las visitas a aseos.
Sucede con los navegadores, que acabamos perdiendo la habilidad de orientarnos. En mi caso ya tengo que utilizar Google Maps incluso para ir al supermercado. Localizar donde hemos aparcado el coche sí es de gran utilidad, excepto si lo hemos dejado en una de las infinitas plantas de unos enormes almacenes andorranos, o en el parking del aeropuerto.
Como boomer, tengo hermosos recuerdos de mis primeros viajes/excursiones, puede que sea por nostalgia. En mi infancia, en el banco en que trabajaba mi padre, organizaban una excursión mensual a la que se apuntaban empleados y familiares. En casa nunca tuvimos automóvil, si bien mi padre disponía de permiso de conducción para el caso de que yendo en autobús, decía, el conductor tuviera un desfallecimiento. Los días antes de la excursión y con la ayuda de los atlas y mapas que había por casa, apuntaba en una hoja todos los pueblos y ciudades por los que iba a circular el autocar que nos transportaba. Al mismo tiempo que aprendía «geografía política», me ahorraba preguntar reiteradamente «cuánto falta»: sabiendo los kilómetros entre localidad y localidad y calculando la velocidad media, podía saber en todo momento a qué distancia estábamos del destino, tanto temporal como espacialmente, todo ello sin necesidad de una inexistente, por entonces, calculadora.
Esta atracción por la planificación del viaje propiciaría, en un futuro, momentos estelares. Un verano de 1999, al poco de conocer a mi actual pareja y a su hijo nacido cinco años antes, iniciamos unas vacaciones que nos tenían que llevar de Sitges, un pueblo de Barcelona, a una casa rural en mitad de la región francesa de Normandía. Pasar un día en Eurodisney fue el anzuelo infantil, pero el objetivo era hacer un recorrido por las principales catedrales del gótico primigenio francés: Bourges, Sens, Soissons, Laon, Amiens, Beauvais, Nôtre-Damme, Basílica de Saint Denis y Chartres (me apasiona el turismo monotemático). Alquilar una habitación en una casa rural fue tarea sencilla: en los albores de Internet, la web Gîtes-de-France, equivalente a nuestras Casas Rurales, ya estaba operativa.
La parte más complicada era el desplazamiento. Normalmente, los copilotos, excepto si son profesionales, suelen indicar el giro a izquierda o a derecha cuando el desvío ya ha quedado atrás. Además, ante un recorrido de tantos kilómetros, y con un peque en el coche, convenía algo de ingenio en la planificación del trayecto. Así pues, ideé un navegador prehistórico que nos ayudara a llegar a buen puerto sin depender de copiloto alguno, y que a la vez consiguiera la complicidad de todos para conseguirlo.
Se trataba de trasladar a un soporte de audio manejable durante el viaje, las instrucciones necesarias para el recorrido. Con la ayuda de una grabadora de casetes, dediqué unos días a grabar unidades de información de ruta de fácil memorización, finalizando cada una de ellas con la indicación STOP. Creo recordar que la ruta la obtuve de la web http://www.viamichelin.es. La cinta quedó llena de centenares de instrucciones terminadas todas con la misma palabra, de tal modo que, ya en ruta, al oírse STOP, el piloto o el copiloto debían pulsar el botón de parada del radiocasete para, una vez llegado al punto último de la instrucción, volver a darle al PLAY y memorizar la siguiente unidad informativa.
El método tenía un único problema: si te equivocabas debías volver al último punto y retomar las indicaciones. No existía recálculo automático. Actualmente, los navegadores son capaces de recalcular el trayecto y poder así corregir los errores, pero la vida, ese gran viaje que finalizaremos todos en nuestra Itaca particular, es más parecida al navegador de radiocasete. Podemos planificarla detalladamente y analizar cada una de las decisiones a tomar, pero el riesgo a equivocarse es permanente y si nuestras decisiones nos acaban llevando a lodazales o arenas movedizas, no nos queda más remedio que apechugar, por decirlo de una forma suave. STOP.
¡Felices vacaciones!
PD: Soy muy pesado: vuestros comentarios son mi alimento literario. Podéis contarme vuestras experiencias y las iré publicando por aquí. La imagen de cabecera de la entrada, también está generada por la IA de WordPress.
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Estas haciendo tu autobiografia por entregas!😂 Tu padre un campeón, y lo de los cassettes era para patentarlo😅 Está amena. Lectura fácil y divertida. Gracias!
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Se te ve cada vez más suelto en tus relatos. No descartaría escribir algún libro, ni que fuera de relatos.
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Muy bueno el navegador prehistórico 😉
Cómo siempre relatos amenos que te hacen recordar tus propias experiencias.
Gracias!
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Que bien has descrito como se viajaba no hace tantos años. Lo del navegador por casette es genial. No se me hubiera ocurrido nunca.
Como siempre demasiadas facilidades (navegador, precios baratos de vuelos, reservas por internet cancelables a ultimo hora, acceso online a la informacion, etc..) llevan a la banalizacion y a la no preparacion de nuestras actividades.
Vamos perdiendo planificacion, preparacion y sustituimos todo eso por improvisacion constante….
Nosotros nos damos cuenta porque lo hemos vivido pero los jovenes NO (Comentario desde la tercera edad)
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