
El 2 de diciembre se cumplen 219 años de la coronación de Napoleón Bonaparte. La imagen corresponde a la pintura de Jacques-Louis David que luce en las paredes del museo del Louvre. Son días napoleónicos tanto por esa onomástica como por el estreno de la película dirigida por Ridley Scott. Las expectativas que había generado la distribuidora eran grandes y el tráiler de la película se proyectaba en las salas cinematográficas desde hacía algunos meses. En él, además de alguna secuencia lúbrica y varias bélicas, se podía ver un plano de la auto coronación, una reproducción sumamente precisa de la obra maestra de David, pintor oficial del régimen y una de las obras que más me impresionó en mi primera visita al Louvre, por su calidad y también por su enorme tamaño (667 cm × 990 cm). Su título completo es «Consagración del emperador Napoleón I y coronación de la emperatriz Josefina en la catedral de Notre-Dame de París el 2 de diciembre de 1804». En el cuadro, también en la película, aparece en la parte del central de la tribuna preferente la figura de María Letizia Ramolino, la madre. Napoleón exigió al pintor que la incluyera a pesar de no haber asistido a la ceremonia, quizás para no dar su aval a la coronación de una viuda con dos hijos y antigua amante del vizconde de Barras. Es decir: «me da igual que no quieras estar, madre, pero en la historia se escribirá que estuviste». Algo parecido a la frase del periodista de «El hombre que mató a Liberty Valance» en el momento en que el senador le pide que publique quién mató de verdad al bandido: «esto es el Oeste, señor. Cuando la leyenda se convierte en realidad, hay que publicar la leyenda».
Napoleón es un icono de la historia, una leyenda y el impulsor de la Europa de las naciones. Si preguntáramos por él a cualquier persona de Occidente, pocos declararían desconocerlo, aunque no tendrían todos la misma percepción: un loco que ejemplifica un tipo de trastorno mental, un militar con un sombrero bicornio apto para carnaval, un general que iba siempre con la mano en el estómago, emperador, invasor y un largo etcétera. A ello han contribuido sin duda la abundante literatura, la pintura, la escultura y como no, el cine. Más de uno quizás preguntaría si es un influencer y el caso es que en realidad lo ha sido.

Las tres veces que he estado en París he visitado Les Invalides, no porque me interese en absoluto su museo militar sino por encontrarse allí la tumba de Napoleón, un sepulcro impresionante en un espacio acorde con la categoría de su huésped. La cripta, de 15 metros de diámetro y 6 metros de altura, alberga en su interior, en un nivel inferior, un sarcófago de porfirio rojo de Rusia que descansa sobre un zócalo de granito verde de Los Vosgos. En el interior del sarcófago se encuentran seis féretros: de roble, de ébano, plomo, otra vez plomo, caoba y finalmente estaño. Rodeando el sarcófago, hay 12 estatuas, que simbolizan sus victorias. A pesar de ser el personaje histórico más biografiado después de Jesucristo, resulta singularmente poco conocido. La tumba de Jesucristo no la podemos visitar; la de Napoleón Bonaparte, sí.
Tenemos a los «especialistas» y «expertos» indignados con la escasa verosimilitud de la película de Scott: relato sin rigor histórico, omisiones, inexactitudes, desconocimiento de las estrategias militares, profusión de banderas e ignorancia de la disposición de sus colores, que si el lago helado de la batalla de Austerlitz tenía una altura de poco menos que un metro que impedía que se ahogase nadie y una lista interminable de «recriminaciones». Me pregunto si esos críticos han ido al cine a ver una película o un documental de «La Noche temática».
El cine no tiene por qué ser la realidad siendo justamente todo lo contrario: ficción. Mucha gente cree que Mozart tenía una risa estúpida y que fue envenenado por Salieri, consecuencia de haber visto Amadeus magistralmente dirigida por Milos Forman. Los que amamos a Mozart, y no se trata de necrofilia, sabemos que Forman se basó en el libreto de «Mozart y Salieri», ópera escrita por Aleksandr Pushkin con música de Rimski-Kórsakov. Mozart y Salieri se respetaban y admiraban mutuamente. Podríamos hablar también de «El Cid» (1961) de Anthony Mann, película llena de contradicciones históricas, pero la película favorita de Martin Scorsese y admirada por el presidente Kennedy, fan declarado de El Cid hasta el punto de invitar a Charlton Heston para que le hablara del mitológico héroe. El actor se negó a rodar ninguna película más con Sophia Loren -estaba previsto que participara en «La caída del imperio romano»- por haber conseguido que se modificara el guión del filme para tener más protagonismo. El Cid es una película épica y una obra maestra.

Ridley Scott vive en su bodega de la Provenza desde la que concedió una entrevista a Vulture en la que increpaba a los historiadores preguntándoles «si ellos habían estado ahí.» «Hay 10.000 libros sobre Napoleón, y todos tienen verdad y conjeturas al mismo tiempo. Pero dejé la lectura de los libros al pobre desgraciado que ha tenido que escribir el guion.» El pobre desgraciado es David Scarpa, responsable también del guion de la futura Gladiator 2. Ciertamente, los norteamericanos tienen la visión inglesa del personaje: un ser ambicioso y engreído, pero la realidad de la época era bien diferente.
No cometo pecado de destripe (spoiler para los anglófilos) si explico que la obra de Scott trata principalmente de su amor por Josefina y la necesidad de ser correspondido. El director realiza un retrato atormentado de Napoleón, siendo las batallas un complemento necesario. Podríamos resumir la carrera militar de Bonaparte, como una lucha contra el imperio británico y el absolutismo en Europa, potenciada por una megalomanía heredera de sus admirados Alejandro el Magno y Julio César. Bretaña engastaba coalición tras coalición con monarquías europeas con el objetivo de perpetuar su dominio en el mundo, mientras Francia pretendía proteger sus intereses más allá de Europa y expandir los ideales de su Revolución. En 1798 nuestro protagonista se propuso colonizar Egipto, una provincia otomana, y cortar la ruta de Bretaña a la India, lo que fue aceptado por el Directorio para alejarle de esta manera del poder. Scott filma unas secuencias de enorme belleza totalmente ficticias. Despacha la guerra con un cañonazo al vértice de la pirámide de Keops y pone a Napoleón curioseando un sarcófago. Napoleón había leído mucho sobre Egipto (se sabe que sus libros favoritos eran la Historia universal de Polibio, las Vidas paralelas de Plutarco y la Expedición de Alejandro de Arriano de Nicomedia), e impresionado por el mundo faraónico, pasó una noche entera en el interior de la cámara fúnebre de Keops de la que salió a la mañana siguiente transfigurado. Este hecho no aparece en la película, pero quien cuenta de una manera magistral lo que se supone ocurrió aquella noche, es Javier Sierra en su libro «El secreto egipcio de Napoleón» que, después de «La cena secreta», es para mí su mejor obra estando ambos a años luz de la prescindible novela ganadora del premio Planeta en 2017, «El fuego invisible».
La expedición de Napoleón supuso el nacimiento de la egiptología, al hacerse acompañar por la Comisión de las Ciencias y de las Artes, un cuerpo compuesto por 167 expertos técnicos. Un oficial del ejército, Pierre François-Xavier Bouchard, encontró enterrada en la arena una roca que contenía un fragmento de un decreto del faraón Ptolomeo V escrito en tres idiomas: griego, jeroglífico y demótico. La conocida como Piedra Rosetta fue descifrada por Juan-François Champolion y permitió que pudiéramos tener conocimiento de los textos de tumbas y templos escritos con jeroglíficos. Actualmente se encuentra en el Museo Británico de Londres como consecuencia de su obligada entrega al rendirse a los ingleses en la bahía de Abukir.
Posteriormente Napoleón participó en el golpe de estado contra la Constitución existente, quedando tres cónsules provisionales, entre ellos Napoleón que, abreviando, modificó la Constitución y se aseguró su elección como primer cónsul convirtiéndose así en la persona más poderosa de Francia para, a continuación, y mediante otra reforma, nombrarse primer cónsul vitalicio. Las reformas que propició durante su mandato fueron de gran calado: centralización de la administración, creación de la educación superior, un nuevo código tributario, un banco central, nuevas leyes y un sistema de carreteras y cloacas. Tal parecía que quería competir con los grandes emperadores romanos que impusieron el derecho romano en todos los territorios ocupados a la vez que los llenaron de vías empedradas y acueductos. Creó el conocido como Código Napoleónico (Code civil des Français) consistente en la redacción de un cuerpo único que unificaba las leyes civiles francesas, el Código Penal de 1810, el Código de Comercio de 1807 y el Código de Instrucción Criminal de 1808; promulgó la libertad de culto, abolió los guetos judíos, declaró la laicidad del Estado e impuso el francés como única lengua oficial.
Estos ideales democráticos y republicanos fueron los que incitaron a Beethoven a dedicarle su tercera sinfonía, que apodó «Heroica», pero cuando se enteró de su auto proclamación como emperador, tachó la dedicatoria con fuertes trazos de lápiz dejando como subtítulo el de «Sinfonía heroica, compuesta para festejar el recuerdo de un gran hombre». Justo es recordar el juramento utilizado por Napoleón en su coronación, que obligó al Papa Pío VII a retirarse momentáneamente de la ceremonia: Juro mantener la integridad del territorio de la República, respetar y hacer respetar el Concordato y la libertad religiosa, la igualdad de derechos, la libertad política y civil, la irrevocabilidad de la venta de las tierras nacionales; no recaudar ningún impuesto sino en virtud de la ley; mantener la institución de la Legión de Honor y gobernar en el único interés, felicidad y gloria del pueblo francés.
Uno de los grandes agravios de los críticos es la omisión de la campaña napoleónica en España. Con el tratado de Fontainebleau Napoleón estableció una alianza con el primer ministro Manuel Godoy para realizar una invasión conjunta de Portugal permitiendo para ello el paso de las tropas francesas por territorio español. Como ya es sabido, los franceses ocuparon, sin que constara en el tratado, algunas ciudades españolas, lo que dio origen a la guerra de la Independencia. Antes se produjo el Motín de Aranjuez con la caída de Godoy, la abdicación de Carlos IV y la subida al trono de su hijo Fernando VII, apodado «El deseado» y también «El Rey felón», quien a los dos meses renunció en Bayona a sus derechos a la Corona española devolviéndola a su padre y éste a Napoleón, que designó como nuevo rey de España a su hermano José Bonaparte. Una vez expulsados los franceses, Fernando VII recuperó nuevamente el reinado y modificó la Constitución de Cádiz, que limitaba los derechos reales, regresando España al absolutismo.
Consciente del final de su reinado en España, José Bonaparte había emprendido viaje de Madrid hacia Francia llevándose numerosas pinturas, joyas y demás objetos de valor de los palacios reales españoles; pero el convoy con estos bienes no pudo eludir el choque armado en Vitoria. Los cuadros requisados por Wellington fueron enviados a Inglaterra y se catalogaron en la Royal Academy de Londres. Cuando Wellington quiso devolver este botín a su legítimo propietario (el Estado español), el nuevo rey Fernando VII decidió dárselo como gratificación. Sin entenderlo, Wellington insistió en la devolución, que fue rechazada por Fernando VII, y desde entonces este obsequio se conoce por el irónico nombre del «Spanish Gift«. Gracias a ello, Apsley House cuenta con tres originales de Velázquez, caso infrecuente en las colecciones extranjeras: el Aguador de Sevilla, un Retrato masculino y Dos jóvenes a la mesa, ejemplo de la etapa sevillana del pintor. También cuenta con una versión simplificada del Retrato de Inocencio X, que podría ser una réplica igualmente pintada por Velázquez pero que suscita dudas de autoría. (https://es.wikipedia.org/wiki/Apsley_House ). El regalo comprendía 257 pinturas además de grabados, dibujos y joyas. Además de las citadas obras de Velázquez, también incluía el único retrato ecuestre de Goya, el del Duque de Wellington, Dánea de Tiziano, y pinturas de José de Ribera, Claudio Coello, Giulio Romano, Guercino, Guido Reni, Anton Van Dyck y Brueghel el Viejo. No todos los países pueden tener un rey campechano y espléndido con el patrimonio de los ciudadanos.
Si Mozart no murió envenenado, Napoleón sí lo fue. La versión con más fundamento es que se intoxicó como consecuencia de una decisión propia: la de pintar con verde Scheele, su color favorito, las paredes de Longwood House, la casa en que vivió durante su destierro en la Isla de Santa Elena. El pigmento contiene arsenito de cobre que, mezclado con los hongos producto de la humedad existente en la casa emanaba partículas de arsénico que eran respiradas por su ilustre residente. Cuando el cadáver fue devuelto a París para dotarle de una tumba digna, se analizó su cabello encontrándose este compuesto. Otra teoría es que fue envenenado por los ingleses. Otra ficción napoleónica, «El monstruo de Santa Elena» del escritor Albert Sánchez Piñol, refleja el odio que el oficial encargado de su vigilancia, Hudson Lowe, le profesaba. El libro tiene forma de diario escrito por Delphine Sabran, marquesa de Custine, escritora y pintora superviviente del Reino del terror que guillotinó a su marido y a su suegro. Ella viaja con su amante François-René de Chateaubriand para poner a prueba su amor frente a Napoleón. Durante su estancia la isla es invadida por un extraño y legendario monstruo anfibio, el Bigcripi, con facultad para reproducir miles de minicripis en un instante. Los habitantes, para sobrevivir, deben suplicarle a Napoleón que lidere la estrategia para vencer al monstruo de Santa Elena, título del libro que tanto puede hacer referencia al Bigcripi como al propio Napoleón al que la marquesa de Custine denomina «el violador». Hago aquí una digresión para recordar que Sánchez Piñol es antropólogo, lo que se refleja en sus obras donde aparecen criaturas extrañas: unos anfibios en «La piel fría» y unos seres subterráneos en «Pandora en el Congo», una obra con una arquitectura literaria extraordinaria que disfrutan por igual los amantes de la ciencia ficción y los de la buena literatura.
Chateaubriand, es considerado el iniciador del romanticismo de la literatura francesa. en su magna obra «Memorias de ultratumba», dedica cerca de 500 páginas a Napoleón en su primer libro. Esta obra influenció enormemente a Marcel Proust. «En busca del tiempo perdido», según el libro Guinness de los récords, es el libro más largo con 9.609.000 caracteres, espacios incluidos. Las «Memorias de ultratumba» tienen 12.800 páginas. Como no encuentro el dato del número de caracteres, a una media de 3.000 caracteres por página tendríamos 38.400.000 caracteres en total. Todo esto me vale para decir que, después de un año, todavía no las he terminado.
De su denostado y a la vez admirado Napoleón, Chateaubriand dijo en una ocasión que «era el mayor hacedor de viudas y huérfanos de Francia”. Algo parecido dijo Dostoyevski en Crimen y castigo: “Devastó Toulon, hizo una carnicería en París, olvidó un ejército en Egipto y perdió un millón de hombres en la campaña de Moscú. Pero Chateaubriand también dejó escrito que “Después de Alejandro, comenzó el poder romano; después de César, el cristianismo cambió la faz del mundo; después de Carlomagno, la noche feudal engendró una nueva sociedad; después de Napoleón, la nada; no se ve llegar imperio, ni religión, ni bárbaros”. Obra maestra de la epopeya romántica y de la epopeya a secas, la pintura histórica que Chateaubriand hizo de Napoleón es superior a cualquiera de los retratos que de césares y reyes hicieran los escritores de la antigüedad. Le tocó a Chateaubriand ver regresar a Francia, en 1840, los restos del emperador y sólo entonces completó su epitafio: “Las errantes cenizas del conquistador han sido contempladas por las mismas estrellas que lo guiaron en su destierro; Bonaparte pasó por la tumba como pasó por todas partes, sin detenerse”. (Cristopher Domínguez Mínguez)

Por su parte Napoleón, en Santa Elena, habría escrito sobre su enemigo la siguiente frase: “Chateaubriand ha recibido de la naturaleza el fuego sagrado: sus obras así lo atestiguan. Su estilo no es el de Racine, es el del profeta”. Sus restos descansan en el lugar donde solicitó ser enterrado: el islote deshabitado de Grand Bé, en el Atlántico, en una tumba sencilla orientada hacia Saint-Malo, localidad donde nació, para poder ver a su Francia querida. Unas vacaciones en esta localidad son recomendables y además está a tiro de piedra de Mont Saint-Michel. Eso sí, recomiendo no repetir lo que hizo Sartre cuando la visitó: orinar encima de ella.
La forma en que Scott hace morir a Napoleón me pareció muy poco épica y a mi entender es lo peor de la película. Cierto es que una muerte por envenenamiento debe ser difícil que encierre mucha épica, pero tampoco la tiene la de Corleone en el Padrino III y sin embargo es sublime, aunque Francis Ford Coppola la haya suprimido en su versión revisada.
Scott tiene prevista una versión de 4 horas de duración para Apple TV que se espera subsane alguno de los vacíos de la versión recién estrenada. Vale recordar que la famosa versión de Abel Gance estrenada en 1927, tenía 330 minutos de duración y que solamente abarcaba la primera parte de su vida. Gance contemplaba 5 capítulos más para completar su biografía. Finalmente rodó «Austerlitz» como única prolongación, por razones presupuestarias. Algo parecido ocurrió con el proyecto de Stanley Kubrick. El mítico director había realizado un trabajo de preproducción enorme leyendo una cantidad inmensa de libros sobre Napoleón lo que le permitió crear un fichero con las características exactas de las vestimentas tanto de soldados como de ciudadanos, prusianos, austríacos, británicos, franceses, localizaciones de interiores y exteriores … Cuando lo tenía todo listo no consiguió que la Warner le financiase el proyecto. El entonces reciente fracaso comercial de «Waterloo» dirigida por Sergei Bondarchuk fue probablemente el culpable. «Es imposible decirles lo que voy a hacer excepto decir que espero hacer la mejor película jamás hecha», escribió en una carta Stanley Kubrick a sus estudios el 20 de octubre de 1971. Necesitaba 40.000 soldados para el rodaje. Finalmente utilizó todo el material en el rodaje de una de sus mejores películas: Barry Lyndon.
Al parecer, Kubrick tenía ya escrito el guion de su Napoleón que, de alguna manera, ha terminado en manos de Steven Spielberg que está rodando con él una miniserie para HBO de 7 capítulos. Así pues, después del aperitivo scottiano nos espera un menú de degustación de 7 platos que se prevén exquisitos. Tal parece que pueda existir una guerra entre plataformas utilizando a Napoleón como arma. De momento, las balas de cañón las está recibiendo Ridley Scott.
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Espero con ansia el montaje que deseaba Scott en Apple TV, aunque si es cierto que en ese montaje se profundiza mucho mas en el personaje de Josefina no sé si tendrá demasiado interés; sin embargo a lo mejor nos sirve para profundizar mucho mas en la gran cantidad de claroscuros de Napoleon.
No puedo resistirme, con Napoleon, a dejar una sentencia sobre la historias de los grandes personajes de la «historia nacional de todas las naciones»: Son siempre absolutamente tergiversados en favor de la nación correspondiente a fin de convertirlos en leyenda a la mayor gloria de su Nación. Aquella Nacion que esté libre de pecado que tire la primera piedra.
Gracias Agustin, como siempre, por tus eruditos articulos que te has trabajdo de una manera increible.
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Antes que nada muchas gracias por tu comentario. Me ayuda a seguir con esta tarea que en ocasiones se pone muy cuesta arriba. Yo también espero la versión extendida de Soctt y, cómo no, la serie de Spielberg. Tengo a medias el Napoleón de Abel Gance, y es que 330 minutos de cine mudo requieren un estado de ánimo especial. Totalmente de acuerdo respecto a las leyendas nacionales; ya lo dejó dicho John Ford en «El hombre que mató a Liberty Valance», que no mató a Liberty Valance.
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Muy trabajado, muy interesante, desconocía buena parte de lo relatado, gracias 😉
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Muchas gracias por tu comentario. Yo también lo desconocía hasta que me puse a escribirlo 🙂
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Agustí, muchas gracias por compartir tu conocimiento. Mucha erudición y mucho estilo narrativo. Un abrazo
PD. La película me gustó, pero no es para repetir. Tu texto, si
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Gracias, gracias y cien veces más gracias. Un abrazo.
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