De difunctis

Glendalough (Irlanda) – © Agustí Amorós

La «Tocinería Ramón» se encontraba en la calle Concepción Arenal, en Barcelona, en el barrio donde se desarrolló gran parte de mi infancia. El Sr. Ramón, su propietario y alma del negocio, atendía a sus clientes con una siempre desbordante simpatía que también disfrutábamos los hijos cuando íbamos a su comercio. Eso, y el corte de fuet con el que nos obsequiaba, lo convirtieron en uno de mis personajes favoritos en una edad, los 6 años, en los que empezaba a buscar referencias. El Sr. Ramón se había enterado por mi madre de que mi padre trabajaba en un banco, concretamente en la ventanilla de una oficina, atendiendo a clientes que venían a traer o sacar pesetas, siendo su principal cometido cuadrar la caja «a la primera». Este empleo, de mucho prestigio al principio de la década de los 60, llevó al Sr. Ramón a encargar a mi padre el mantenimiento del diario contable de su negocio. Recuerdo las pilas de albaranes y tiques de venta encima de la mesa del salón mientras mi padre se aplicaba a sumar cobros y pagos como se hacía entonces: sin calculadora. También el olor a charcutería que emanaban y la persistencia en acompañarnos durante días enteros hasta que la ventilación diaria cumplía su cometido. El Sr. Ramón era un personaje que estaba muy presente en las conversaciones que tenían lugar en las comidas, formando casi parte de nuestra familia.

Mis padres, gente ruda de la posguerra que no se andaba con delicadezas, comentaron durante una comida que el Sr. Ramón, de vuelta el domingo a su casa después del fin de semana, abrió la puerta lateral del vehículo en que viajaba con su familia, con la intención de lanzarse al asfalto, cosa que no consiguió al sujetarle su esposa. Al parecer, los intentos se repitieron durante todo el viaje hasta que consiguieron llegar a su casa. No tengo mucho más recuerdo de una conversación que me sirvió para entender dos cosas: que la muerte no es alguien que sólo visita a la gente muy mayor y que al Sr. Ramón no se lo había llevado gracias a Dios, según concluyeron mis padres.

Transcurrieron algunos días antes de que, de nuevo al mediodía y después de bendecir la mesa, mi madre nos dejara a todos pasmados al decir: «Esta noche, el Sr, Ramón bajó a la tienda y se clavó varios cuchillos en el estómago. Cuando su esposa lo ha visto, ya no se podía hacer nada». Mi padre, después de lamentarlo, supongo, y de intercambiar algunas frases con mi madre que no recuerdo ni haberlas oído, concluyó: «Dios lo tenga en su gloria». Entonces entendí que la muerte tenía sus propios planes y que algún día, más adelante sin duda alguna, tendría que comprender cómo podía ser que a Dios le gustara más una forma de hacer morir que otra.

Este fue mi bautizo de muerte. Todos tenemos el nuestro sin ninguna duda. En la actualidad, con el cine, la televisión y las redes sociales, imagino a los niños familiarizados con la muerte. No ocurría lo mismo hace 60 años. El fallecimiento del abuelo, cuando mi padre apenas tenía 15 años, me había hecho deducir que cuando alguien moría dejaba de existir y se le enterraba. Ahora también sabía que la muerte podía aparecer sin avisar ni dar muestras de proximidad.

Un segundo hecho fortuito hizo que sintiese la muerte mucho más cerca cuando habían pasado cuatro años a lo sumo desde el fallecimiento del Sr. Ramón. De vez en cuando pasaba con mi hermano, tres años menor, algunos días en casa de los abuelos maternos, en un piso frente al Turó de la Peira en el barrio de Horta. Mi abuelos eran gente muy piadosa, personas de misa que en una habitación tenían encerrado a San Antonio Abad. El Santo medía dos veces mi altura y vivía dentro de una urna cilíndrica de cristal rodeado de flores blancas siempre frescas. El Turó era y es una colina con abundancia de pinos, una gran cruz en su cima a la manera del Valle de los Caídos y una pequeña cueva con una imagen de la Virgen de Lourdes. Un día, nuestra abuela quiso que la acompañáramos a visitar una enferma que vivía en compañía de su hermano al otro lado de lo que para nosotros era «la montaña». Cruzándola, desembocábamos a un conjunto de casas de planta baja que formaban un grupo curioso de viviendas. Una pequeña plaza con una iglesia era parte de ese microcosmos que en nuestra infancia veíamos como una aldea. Nos abrió la puerta de una de aquellas casitas una reencarnación del San Jerónimo Penitente de Caravaggio, hermano cuidador de la enferma. Después de los saludos y presentaciones pertinentes nos acompañó a la habitación de la enferma. En la parte superior de una cama ataviada con un arco protector para, según nos informaron, evitar las rozaduras de las sábanas, sobresalía la cabeza pequeña de una mujer tetrapléjica a la que mi abuela y San Jerónimo se dirigían sin que yo recuerde ahora mismo que ella profiriera alguna palabra. Cuatro paredes forradas de imágenes de vírgenes y santos parecían su única distracción, visitas aparte. Al marchar, hubo intercambio de presentes: comida para los ancianos y caramelitos para los peques. La visita se convirtió en costumbre y cada vez que íbamos a la montaña nos acercábamos al pueblo blanco, saludábamos a San Jerónimo, nos quedábamos unos minutos mirando a la señora y su túnel protector y nos íbamos a jugar con un caramelo en la boca. Los abuelos se alegraban cuando les contábamos nuestra samaritana incursión. Una mañana, mientras jugábamos en la pequeña plaza frente a la iglesia después de aprovisionarnos de caramelos, vi como un señor que había salido de la iglesia se iba acercando hacia mí de manera apresurada. Al llegar donde estábamos, me cogió del brazo ordenándome que le acompañara pues necesitaban que les hiciera un favor. De manera un tanto forzada entré en la iglesia. La gente que atiborraba el recinto se giró al oír la puerta y noté como cientos de miradas se clavaban en mi cara. Caminamos hasta detenernos frente al altar, escorados hacia la izquierda. Otro señor vestido de negro se acercó y me dio a sujetar lo que debía ser una cruz procesional. Era enorme y su peso estaba en relación a su altura. Las instrucciones fueron que la sujetara con firmeza y me estuviera quieto hasta nueva orden. Pregunté por mi hermano y me dijeron que estaba dentro sentado en un banco, hacia el final, y que no me preocupara por él. La experiencia me estaba pareciendo curiosa y me intrigaba como continuaría aquella aventura no planificada.

Casi sin pausa, los asistentes se pusieron todos en pie. Yo seguía sin moverme intentando ver de reojo qué estaba sucediendo. Poco a poco un objeto enorme me iba adelantando por el lado derecho hasta que lo tuve completamente pegado a mi codo derecho: era un enorme ataúd de madera oscura que parecía caminar solo. Sucedió todo simultáneamente: empezó a sonar el órgano y la gente a cantar, mientras caía al suelo desmayado como si repentinamente se apagara el mundo.

Ignoro qué hizo la cruz al caer ni si el fallecido o fallecida recibió su impacto. De lo único que me acuerdo es de estar tumbado en un banco mientras me reanimaban. ¿Qué ocurrió antes de que lo consiguieran? Ni idea. Uno mareado y el otro preocupado, cruzamos la montaña, vimos la Virgen de Lourdes y la Gran Cruz en lo alto, y contamos a los abuelos nuestra aventura.

Los años se han ido encadenando con demasiada velocidad y la muerte ha tenido oportunidad de ejercer su trabajo en demasiadas ocasiones, muchas de ellas de forma dolorosa y cada vez con mayor frecuencia. Hoy, Halloween para unos, castañada para otros y noche de difuntos para muchos, recuerdo como conocí a la muerte, también lo poco que apetece recibir su visita e imagino a los dioses allí arriba comiendo palomitas celestiales mientras nos ven matarnos unos a otros muchas veces en su nombre.


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7 comentarios en “De difunctis

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