Día mundial sin tabaco

El 31 de mayo se celebra el «Día Mundial Sin Tabaco«.

Empecé a fumar a la edad de 14 años cuando mis amigos de entonces presionaron hasta convertirme en uno de ellos: un nicotinadicto. Observaban cada calada detectando si la pipada no se había esparcido por los pulmones y, en caso de no ser así, sonaba el chivatazo seguido de la acusación de «nena», algo terrible para un machito de finales de los 60.

Con el vicio establecido y sin recursos económicos para autoabastecerme, empecé a sisar calderilla del monedero de mi madre para comprar Celtas sin filtro en el quiosco, donde nos los vendían por unidades sueltas.

Por entonces nuestro héroe era un compañero de clase. Andrés era un repetidor un par de años mayor que el resto, con una barba más cerrada que la de Don Draper en Mad Men. Se enfrentó a los profesores por su intención de fumar durante las clases. Era un fumador declarado, mientras que todos los demás temíamos ser delatados a nuestros padres. Finalmente, consiguió, tras tensas negociaciones, que el director del Centro le permitiera fumar en los recreos, en el aula que utilizábamos en nuestros descansos cuando llovía. Supongo que nadie duda de lo que ocurrió a continuación: treinta chavales encerrados en apenas 20 metros cuadrados soltando humo a pulmones llenos.

Por aquella época se permitía fumar en los cines. Asistir a las llamadas sesiones continuas mientras fumábamos, era el mayor sibaritismo al que podíamos aspirar. Los asientos de cines y teatros estaban fabricados principalmente con espuma, lo que propiciaba frecuentes incendios. Tantos, que se prohibió fumar en las salas. No he encontrado ninguna información de legislación al respecto, por lo que pienso que se trataría más bien una directriz de las exhibidoras para proteger sus negocios.

Un día, mi madre me acorraló hasta que reconocí mi drogadicción. No me dijo cómo se había enterado, pero ahora sé que es imposible no apestar a tabaco. Un compañero de trabajo de mi padre, en el Banco Ibérico, le dio la fórmula para que abandonara el vicio: debía regalarme un puro habano con el que se suponía me marearía y detestaría fumar por los siglos de los siglos. En su plan no estaba, lógicamente, el que me lo fumara entero disfrutándolo como nunca lo había hecho con los cigarrillos, hasta el punto que tuvimos una enconada lucha, él para quitarme el puro, advirtiéndome de que me haría daño, y yo para fumármelo entero. Grandes psicólogos los empleados de banca.

Siempre he fumado tabaco negro: Celtas, Ducados, 46, Rex, Habanos y ya con más dinero, Davidoff Internacional (más largo de lo normal). Fumaba dos cajetillas diarias. Sus cajetillas eran planas, blancas y con su logotipo característico. El placer de abrir cajetillas y cartones de Davidoff, antes de que los afearan con horribles mensajes e imágenes, no fue superado hasta que empecé a desempaquetar dispositivos de Apple.

«Si a tu mujer no le gusta el aroma de tus cigarros, cambia de mujer»Zino Davidoff

Por desgracia, mi pareja en aquella época fumaba la misma marca que yo.

Como ya sabéis, paulatinamente y conforme fue haciéndose evidente la relación entre tabaco y enfermedad, con el consecuente gasto sanitario, fueron implementándose prohibiciones hasta el punto de que la presión se fue haciendo insostenible. Conozco pocos fumadores y ex fumadores que no hayan intentado abandonar su dependencia en alguna ocasión. Llegué a sufrir una intoxicación por fumar mientras utilizaba parches de nicotina. Una época en que cambié nicotina por footing y squash, fue mi récord sin tabaco, pero el reenganche fue peor: a los dos paquetes diarios les sumé los habanos después de comidas o cenas. Así que algo había que hacer.

Pensando en el deporte como única vía para abandonar la drogadicción, me propuse recorrer en bicicleta el Camino de Santiago, desde Roncesvalles hasta el centro de peregrinación. Unos minutos antes de colocar velocípedo y alforjas en el autobús que me llevaría a Pamplona, arrojé el tabaco a la papelera de la estación. Recorrer 780 kms en bicicleta era incompatible, creí en aquel momento, siendo fumador activo. Al llegar a la capital navarra hubo que esperar un par de horas hasta montar en el siguiente autobús que me llevaría a Roncesvalles. ¿Qué puede hacer un drogadicto mientras espera? Pues comprar droga. Ya habría tiempo para dejar de fumar. La procrastinación también es esto.

Mi bicicleta era de las antiguas, de acero. Sumando dos alforjas bien cargadas y un cuerpo desfibrado, eran más de 120 Kg a desplazar, lo que en las bajadas con guijarros se convertía en un bólido ingobernable. En el primer descenso con pendiente pronunciada perdí el control quedando bicicleta y cuerpo destrozados. Enderecé como pude el cuadro, comprobé que el cambio no funcionaba y que tanto mis extremidades superiores como las inferiores sangraban en abundancia, mientras mi vista reconocía los trozos de piel adheridos a las piedras. Casi anochecía y por el camino no transitaba nadie, ya que todos los peregrinos se habían quedado en los albergues del inicio del Camino. No tuve otra opción que seguir el descenso como pude (ascender era peor), extremando precauciones.

Al entrar en la primera localidad pregunté a un señor mayor donde había un centro sanitario. El hombre debió verme fatal puesto que me hizo dejar la bicicleta en el patio de su casa para acompañarme al CAP de Burguete, unos quilómetros arriba. Nunca le estaré suficientemente agradecido a esta buena persona. Estuvo conmigo mientras desinfectaban mis heridas, me vacunaban del tétanos y procedían a vendarme ambos brazos y el pecho, donde se había clavado el manillar. En el camino de regreso vi que había dejado su coche decorado en sangre. Aquella noche la pasé en el porche de la iglesia de Erro, unos quilómetros más abajo, durmiendo en un saco, atiborrado de ibuprofeno, y fumando después de comer unas barritas energéticas. Era fin de semana, estaban en fiestas y todos los alojamientos estaban ocupados.

Lo más prudente hubiera sido regresar a casa, pero hubiera significado una doble humillación: no habría dejado de fumar y mi camino quedaría en 20 kms de los 780. Por la mañana, un chapista me enderezó la bicicleta y también el cambio de marchas. Reparada la bici y ya en Pamplona, fui al Hospital Universitario de Navarra, donde me hicieron radiografías y adecentaron los vendajes. También me facilitaron material para las auto-curas y me recomendaron que me fuera a casa a descansar. Decidido a obedecer y en Estella-Lizarra fui a la oficina que Hertz tenía en la estación con el propósito de meter la bici en el coche y volver para casa. Como no podían traerme el vehículo hasta el día siguiente, decidí comprarme unos guantes nuevos, pasar la noche allí y seguir pedaleando al día siguiente.

No pasaba una hora sin que me preguntara qué estaba haciendo en vez de estar en casa cómodamente tumbado en el sofá. Los paisajes y localidades eran hermosos, la gente, hospitalaria y los cigarrillos que fumaba en lugares escogidos, una delicia. Tengo un equilibrio muy precario en la bicicleta, lo que convierte los caminos estrechos en zonas propicias para las caídas. Me despeñé por un talud cubierto de zarzales, quedando bicicleta y yo envueltos en una madeja de ramas espinosas, tumbado de espaldas con la cabeza en la parte inferior de la pendiente, la bicicleta encima y sin posibilidad de incorporarme. Mis gritos de socorro fueron atendidos por unos peregrinos daneses que atendiendo mi reclamo hicieron una cadena humana, logrando rescatarme para, a continuación y con unas pinzas, extraerme todas las espinas que llevaba clavadas por el cuerpo. Quedaban todavía algo más de 500 kms.

Poco a poco fui cogiendo algo de forma y también de seguridad. No volví a caer. Sólo alguna pájara después de una buena comilona y el habano correspondiente. Llegué a Santiago de Compostela cansado y emocionado, no por el misticismo, sino por haber conseguido un reto que trece días antes parecía imposible superar. Había acumulado una cantidad enorme de fuerza de voluntad. Cada día debía elegir entre abandonar y continuar, pero lo primero significaba defraudar a mi familia y casi peor, defraudarme a mí mismo. También lo sería regresar a casa de nuevo como drogadicto. Después de la mariscada correspondiente fumé, como no, un purazo. Lo saboreé como nunca, disfrutando del humo que llenaba mis pulmones a cada calada. Sentía la nicotina rebozando mis neuronas mientras ellas pensaban que dejar de fumar significaría no volver a experimentar jamás un placer como aquel. Sin embargo, había desarrollado tanto mi fuerza de voluntad que me veía, esta vez sí, capaz de lograrlo. No obstante, urdí una pequeña trampa: lo dejaría temporalmente para retomar el hábito cuando me jubilase. Esa era la meta, volver a fumar cuando apenas quedara tiempo de destrozar mi organismo.

Llegué a casa y conté mi aventura a mi actual pareja y a su hijo, Adrián, que por aquel entonces tenía 11 años. Pasaron 18 años y no volví a probar ni un sólo cigarrillo. No me costó mucho conseguirlo. Nunca más habíamos hablado en casa de la historia del puro y la jubilación, pero Adrián lo había recordado durante todo ese tiempo y al llegar ese momento me regaló un puro Montecristo del Nº 1. Se acordó antes que yo, que ya ni pensaba en ello. Después de agradecerle tan bonito detalle, guardé el puro durante un año y me lo fumé en mi 68 aniversario.

El habano sabía a rayos. Mientras intentaba encontrarle el placer de antaño, recordé, en minutos, aquellos días en que hacía quilómetros por la noche hasta la gasolinera donde sabía que vendían Davidoff; también pensé en mi cartografía de bares de España donde vendían mi marca, mapa que había ido confeccionando en emergencias nocturnas y también de los hoteles y casas rurales donde pedía (casi exigía) un termo de café con leche en un lugar determinado, porque no podía fumar con el estómago vacío y me levantaba temprano. Y como no, del perjuicio que pude cometer con mi humo cuando desconocía el concepto de fumador pasivo, sobre todo a mis hijos.

Hoy es el Día Mundial Sin Tabaco. Dejar de fumar es una gran hazaña que sólo podemos conseguir si previamente hemos puesto a punto nuestra fuerza de voluntad con gestas de menor calado, o al menos esa es mi opinión y consejo. Después del último habano no he vuelto a fumar ni lo voy a hacer, pero me sigo cayendo de la bicicleta.


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4 comentarios en “Día mundial sin tabaco

  1. Pues yo, después de 34 años fumando dos cajetillas, y sin haber intentado nunca dejarlo (no me veía capaz), un 18 de agosto de hace 9 años dije basta. Hasta hoy. Aún no me lo creo. De poder, solo has de querer.

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