
Henry Sugar es un varón acaudalado y superficial que encuentra, en la biblioteca de un amigo, un libro escrito por un médico indio en el que explica la historia de un yogui que tiene la capacidad de ver sin utilizar los ojos. El médico obtuvo de Imdad Kahn, el yogui, el método para conseguir su extraña habilidad, competencia que Henry desarrollaría para ver el reverso de los naipes con la finalidad de obtener grandes fortunas en los casinos. Se trata de un relato de Roald Dahl, autor, entre muchos otros cuentos, de «Charlie y la fábrica de chocolate» y de «Los Gremlins». El director de cine Wess Anderson crea una imaginativa versión del cuento en el film «La maravillosa historia de Henry Sugar», película con la que este año ganó el Oscar al mejor cortometraje.
La podéis ver en Netflix conjuntamente con otros tres cortometrajes basados en relatos del mismo autor. Fantasiosos e imaginativos decorados, bellísimos tonos pastel adaptados a cada secuencia, una original interpretación de los actores, simultáneamente protagonistas y narradores, y una original versión, a cargo de los Swingle Singers, de la conocida aria de la ópera «Cosi fan tutte» de Mozart, «Soave sia il vento», son algunos de los elementos que hacen de este cortometraje una auténtica delicia.
Viendo el film de Anderson recordé, como no, la película de Roger Comrad «El hombre con rayos X en los ojos» que, al igual que Imdad Kahn, exhibe sus habilidades en una feria y acaba jugando también al blackjack en el casino. La película se estrenó en 1963 y Dahl publicó su relato en 1972, años después de estrellarse el avión de la Royal Air Force que pilotaba durante la Segunda Guerra Mundial, quedando ciego durante 8 meses, además de fracturarse cráneo y nariz.
Valle-Inclán y el insólito caso del hombre con Rayos X en los ojos.

De lo que más me acordé fue de haber leído, hace bastantes años, el libro «Valle-Inclán y el insólito caso del hombre con Rayos X en los ojos». Publicado en 2014, es una recopilación de artículos, cartas y fotografías acerca de uno de los capítulos más esperpénticos de los años 20 del pasado siglo: el encumbramiento de Joaquín María Argamasilla de la Cerda y Elio, nacido en 1905, que tenía la facultad de leer textos introducidos en una caja herméticamente cerrada. El libro lo adquirí, al poco de editarse, debido a mi admiración hacia Ramón María de Valle-Inclán y al morbo de un vínculo personal al que luego me referiré.
Su padre, Argamasilla también y marqués de Santa Cara, compartía con su amigo Valle-Inclán actividades tales como el ocultismo y el espiritismo. Fruto de esa amistad le prologó una novela titulada «El yelmo mágico». Fundó la Sociedad Española de Estudios Metapsíquicos: hipnotismo, telepatía, clarividencia y otras espirituosas hierbas. Cuando su hijo cumplió 17 años descubrió en él una facultad, la metasomoscopia, consistente en ver a través de cuerpos opacos. Hacía relativamente pocos años del descubrimiento de los rayos X, hecho que impactó enormemente en la sociedad. Incluso se hacían exhibiciones públicas con personas, sin conciencia de lo pernicioso de las radiaciones.
El padre empezó a organizar sesiones de videncia en las que Joaquín Argamasilla actuaba con unos pedazos de guata en unos ojos fuertemente presionados por una venda. Los asistentes entregaban textos escritos, que previamente nadie conocía, para que fueran introducidos en una caja cerrada con llave que Argamasilla, de espaldas a una fuente de luz, era capaz de leer. A estos encuentros asistían desde periodistas, que después publicaban el acto, a personajes notables: psicólogos, espiritistas, ingenieros, escritores y algún notario, entre otros.
Las tertulias madrileñas se dividieron entre argamasillistas y antiargamasillistas. Valle-Inclán, que había asistido a varias sesiones, era uno de los máximos defensores de los Argamasilla, creencia que trasmitía a través de sus escritos en la prensa. Salvador de Madariaga participaba también con sus escritos en el diario El Sol. Valle Inclán creía que el vidente era capaz de doblar la mirada e introducirla a través de una finísima rendija de la tapa, como si se tratara de una hoja flexible de acero, y que una vez dentro se apropiaba de la imagen, se doblaba de nuevo y regresaba hasta el vidente.
En abril de 1923, a iniciativa de la reina María Cristina, se creó una comisión para estudiar el caso. Su presidente era Ramón y Cajal, que había estado en alguna de las sesiones, y el resto de participantes, científicos de distintas ramas de la ciencia. Los Argamasilla declinaron presentarse, no obstante, el padre llevó a su hijo a París para que fuera analizado por el médico Charles Robert Richet, premio Nobel, que avaló sus facultades, internacionalizando así a Argamasilla y propiciando que numerosos científicos españoles avalaran también su autenticidad.

La fama del vidente llegó a Nueva York, ciudad a la que se desplazaron los Argamasilla y todo su séquito. Presentado como El hombre que tenía rayos X en los ojos, hizo una primera exhibición en el Hotel Pensilvania con un gran triunfo. En la siguiente asistió el mago escapista Harry Houdini, ya por entonces un mito, de cuya presencia fueron advertidos los Argamasilla.
Houdini libraba una personal batalla contra espiritistas, mentalistas y todo aquello que pudiera parecer sobrenatural. Decía que todos los prodigios estaban basados en trucos y que él era capaz de reproducirlos todos. Su madre había fallecido, y Houdini había contactado con todo tipo de mediums que se ofrecían para intermediar con ella. Algunos pronunciaban frases en inglés, idioma que su madre desconocía puesto que únicamente hablaba en un lenguaje mezcla de yidisch, alemán y húngaro. Estos intentos de engaño le molestaban profundamente. Su última decepción se produjo cuando su amigo Sir Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes, le hizo viajar a Londres tras convencerle de que su esposa era capaz de ponerle en contacto con su madre, lo que evidentemente no consiguió, pero sí logró que los dos amigos no se pusieran en contacto nunca más. Houdini desmontaba los trucos de todo aquel que realizaba prácticas atribuidas a medios sobrenaturales, y tener rayos X en los ojos, no era muy natural.
Simplificando, Houdini reprodujo las cajas trucadas de Argamasilla y demostró que él también era capaz de realizar el mismo truco en las mismas condiciones, retando al falso vidente a realizar el mismo experimento con cajas que no fueran de su propiedad, lo que no fue aceptado. Las demostraciones de Houdini fueron difundidas por la prensa neoyorquina y también por algunos medios internacionales, desembocando en el hundimiento del prestigio de la troupe española.
El encuentro entre Argamasilla y Houdini es el argumento del capítulo 6 de la segunda temporada de la serie española «El ministerio del tiempo», con cuya existencia tropecé mientras preparaba este artículo. La historia está convenientemente modificada, convirtiendo a Argamasilla en un agente del Ministerio del Tiempo que quiere vender el secreto del viaje a través del tiempo a los americanos y al FBI. En la serie, Argamasilla desarrolla sus espectáculos, compite con Houdini a la vez que se hacen amigos. En varias escenas, el vidente ve a través de la ropa de los personajes. Sin comentarios. Se puede ver en RTVE PLAY.
Padre e hijo regresaron a España raudos y apesadumbrados pensando en el recibimiento que les esperaba, temiéndose lo peor. A pesar del escándalo, fueron recibidos como celebridades exitosas. Una gran parte de la prensa nacional aseguraba que Houdini había sido el gran derrotado. El sábado 24 de mayo de 1924 aparece una noticia en el periódico ABC donde se presenta a Argamasilla como un héroe español que regresa triunfante a su país.Reproduzco el artículo resaltando el siguiente párrafo: «Pero lo más sorprendente para los neoyorquinos no es precisamente ese poder visual maravilloso: lo que desconcierta es que el hombre no sea americano».

Así, mientras en el conjunto de países civilizados el caso Argamasilla fue tildado de superchería, en España la polémica aumentó cuando en 1926 falleció Houdini y el Doctor Gonzalo Rodríguez Lafora, neurólogo y psiquiatra discípulo de Ramón y Cajal, publicó en el diario El Sol una serie de artículos resumiendo los argumentos del mago escapista mientras proponía realizar pruebas, de una manera controlada, de manera que Argamasilla no pudiera manipular las cajas. Cajas que serían fabricadas de forma hermética y supervisadas en todo momento por los controladores.
La propuesta generó una gran polémica. Uno de los mayores defensores del vidente fue, como no, Valle-Inclán. Por lo visto –escribe Lafora a propósito de unas declaraciones del escritor en El Imparcial– el señor Valle-Inclán cree que somos tontos los que al ver a un hábil prestidigitador japonés pescar un pez vivo entre el auditorio, o convertir unos huevos en polluelos bajo un sombrero, o hacer cualquier otra habilidad ilusionista, no averiguamos el truco empleado.
—No. Yo no creo que sean tontos los que no averiguan el truco de un juego de manos. –replica Valle-Inclán en el mismo periódico–. Los tontos son los que, sin haber visto una experiencia, se empeñan en explicarla.
Fue una lástima no haber sabido esta historia cuando conocí al quinto hijo de Valle-Inclán: Don Jaime de Valle-Inclán.
D. Jaime de Valle-Inclán y yo.

He buscado por todos los rincones de la red una fotografía de Jaime de Valle-Inclán. Este recorte de periódico es lo único que he encontrado. Recuerdo que no era proclive a aparecer en público.
En 1978 el banco en que trabajaba creó el departamento de Tarjetas de Crédito. Era el inicio de este medio de pago y me incorporé a él, más o menos a los 25 años, poco antes de que empezara a operar. La secretaria de dirección era Ángela Cruz Cuervo, procedente de servicios centrales en Madrid, cuyo porte noble y altivo era más que notorio. Con el tiempo fuimos desarrollando una relación cordial. Se trataba de una persona muy culta que actuaba sobre mí como un Pigmalíon femenino por más yo me esforzara en no parecer más inculto de lo que en realidad era. La veía como una persona mayor, con un sentido del humor apreciable, como todas las personas cultas que he conocido. Una treintena larga de años nos distanciaban temporalmente. Estaba casada con un hijo del gran Ramón María de Valle Inclán, Don Jaime. Era evidente que tenía que ser la esposa de algún marqués o personaje carlino, así que no me llevé ninguna sorpresa al enterarme. Cuando el 16 de mayo de 1984 se estrenó, en el Teatre Tívoli de Barcelona, Luces de Bohemia en versión del director Lluis Pasqual y José María Rodero en el papel de Max Estrella, Ángela Cruz me facilitó una entrada para acudir a la première barcelonesa. Nunca he olvidado aquella función, ni tampoco a Maria Aurelia Campmany, a cuyo lado me senté.
Un día me comentó que llevaba tiempo hablándole de mí a su marido y que este me quería conocer. Me invitaron a compartir mesa un mediodía en su casa, una vivienda unifamiliar del barrio del Putxet, en Barcelona. El salón estaba decorado con muy buen gusto, acogedor y artístico encajaba con la vivienda de un pintor, actividad profesional de Don Jaime. En el transcurso de la comida –recuerdo unas copas de cristal pesado con incrustaciones de pedrería, quizás piedras preciosas, tal vez procedentes de la cristalería de un monarca victoriano– el anfitrión me comentó algunas cuestiones personales como su miedo a publicar sus escritos por temor a la comparación con la obra de su padre, y de ahí que se dedicara más a la pintura. No recuerdo otros temas, puede que por memoria selectiva. Después nos dirigimos a un lugar del salón donde vivían dos sillones que me parecieron tronos, separados por una artística mesita con 64 escaques en su superficie. Su esposa le había contado que yo jugaba bien al ajedrez, aunque no recuerdo haberme jactado de ello. El partido empezó estupendo para mis intereses pues la primera partida finalizó de la siguiente manera: Amorós 1 – Valle-Inclán 0. Seguimos jugando hasta el anochecer. La justa terminó con el escandaloso resultado de Amorós 1 – Valle-Inclán 20 ó 30.
Al día siguiente, después de desearnos los buenos días, le agradecí su invitación dándole a conocer la buena impresión que me había causado su agradable marido. Entonces, levantando la cabeza y mirándome por encima de unas gafas a media nariz, dijo:
–Jaime dice que eres un bluf y que eres muy agresivo e impetuoso jugando al ajedrez.
El comentario podría haber quedado en un secreto de alcoba. No había pensado, ni por asomo, que la justa era a muerte. De haber conocido en aquel momento la historia de Argamasilla y su suegro, seguramente le hubiera respondido:
–Con los antecedentes de tu suegro en lo que se refiere a clasificar amistades, no daría mucha credibilidad a ese comentario de tu marido. Puede que la condición perceptiva sea hereditaria.
Como no fue así, tuve que esperar a que el destino me proporcionara una inesperada ocasión para resarcirme. Un plato que comí frío, como mandan los cánones, y mojado.
Una tarde, llegado el momento de acabar la jornada, diluviaba en Barcelona. Ángela Cruz tuvo la deferencia de ofrecerse a acercarme a mi casa en su coche (los directivos tenían plaza de parking en el edificio), invitación que acepté con agradecimiento. Nuestros hogares, a gran distancia social, estaban kilométricamente cercanos. Al llegar a una de las calles más empinadas de Barcelona, un semáforo obligó a parar el coche, pendiente arriba, en el punto más álgido de la tormenta. Entonces el motor decidió pararse y negarse a arrancar por más que la llave de contacto se lo ordenara. El semáforo cambió a verde, luego a rojo, otra vez a verde y así sucesivamente mientras el coche seguía en estado de desobediencia. Yo no tenía permiso de conducir ni por supuesto conocimiento alguno de mecánica, así que todo dependía de las decisiones de la piloto.
–¿Qué hago, Agustín? –me preguntó.
–Cuando veo a conductores que les ocurre esto mismo, veo que salen del vehículo, abren el capó, miran y tocan alguna pieza simulando saber lo que hacen, cierran el capó, y queda solucionada la avería –dije sin pensarlo un segundo. –Si esto no funciona ya pensaremos otra solución –añadí.
Sin mediar palabra, abrió la puerta y salió del coche. A continuación, y siguiendo fielmente mis instrucciones, abrió el capó cerrándolo al cabo de unos segundos, para regresar a su asiento completamente empapada. Tras cerrar la puerta,giró la llave de contacto y el motor empezó a rugir a la primera. Reanudamos la marcha satisfechos sin cruzar una sola palabra referida al incidente. Desconozco qué la movió a seguir mis indicaciones. Supongo que ella se extrañaría tanto como yo del éxito del método y, como bien está lo que bien acaba, chimpún, aquí no ha pasado nada. ¿Qué hubiera ocurrido en caso contrario? Tenía mal carácter cuando se enfadaba y por tanto, no quiero ni pensarlo. Nunca creí que fuera a salir del coche.
Lo que ocurrió no tiene ninguna explicación. Evidentemente no se trató de ningún fenómeno paranormal. Las posibilidades de que mi boutade funcionase, eran prácticamente inexistentes. Nunca me interesé por cómo la Sra. Cruz relató a su marido lo ocurrido, ni por lo que él le pudiera haber dicho. Quizás pensó, como su padre con Argamasilla, que yo tenía el don de ver y arreglar averías sin utilizar los ojos ni moverme del asiento del coche.
PD. Por favor animaros a dejar vuestros comentarios. Conocer vuestra opinión es el único rendimiento que obtengo por este trabajo.
Descubre más desde MI AZOTEA
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
No sé cómo lo haces pero siempre son relatos entretenidos.
Cada vez veo más claro que cada uno se cree lo que quiere, aunque le demuestren lo contrario.
Ánimo, sigue escribiendo 😊
Me gustaMe gusta
¡Hey! ¡Muchas gracias! Eso sí que anima.
Me gustaMe gusta
Muy interesante y divertido.
Me gustaMe gusta
Muchas gracias
Me gustaMe gusta
Me acuerdo de Angela Cruz, que me presentaste durante la epoca que trabajamos junto en Informatica del banco. Efectivamente era una persona muy culta y peculiar. Muy buena la historia que nos explicas. No me extraña, dado que Tu tambien eres un pozo de ciencia, que sitonizarais tanto.
Toni M.
Me gustaLe gusta a 1 persona
Gracias Toni. Prepárate que cualquier día apareces tú por la azotea 😅
Me gustaMe gusta
Pingback: Felices Fiestas y un fantástico 2025. | MI AZOTEA